Capítulo 7. Lágrimas de un alquimista.
Comienzos de mayo de 1.309
El silencio de la sala me causó un extraño estremecimiento. Hacía unos minutos la urgencia y la desesperación, en particular de Yedael, hizo que aquellos minutos se pareciesen más a largas y revueltas horas. Ahora la sala estaba inmersa en una quietud absoluta tan solo resquebrajada por nuestras respiraciones todavía agitadas.
El viejo alquimista tomó en brazos a aquella extraña niña y se dirigió a una de las grandes cortinas rojas que había entre estantería y estantería y, tras correrla, quedó al descubierto un dormitorio reinado por una grandiosa y lujosa cama. Acostó a la pequeña y le acarició la frente con ternura, intentando que no se despertara.
Mientras Yedael observaba a la niña intenté poner en orden los últimos acontecimientos en mi cabeza. Habíamos ido a ver a este extraño ser, mezcla de una niña y una bruja, en busca de información acerca de Arymaili y sus planes y la bruja había accedido a cambio de uno de mis pecados. Pereza. Lanzó alguna clase de hechizo en mí para que lo cometiese y en lugar de recibir yo el estigma lo había recibido ella. Aquel latigazo, dimensionado para mis espaldas anchas, sobre el endeble cuerpo de aquella niña hubiese sido letal de no ser por la transmutación que hizo Yedael con la ayuda de Auli. ¿Pero por qué querría uno de mis pecados? Era algo que no podía comprender y que no lograba sacarme de la cabeza. Además ¿a quién presentaba los respetos Yedael al finalizar la transmutación? Y por último… ¿qué relación tenía aquel enjuto y envejecido alquimista con aquella niña?
Cuando mi cabeza parecía querer estallar de tanto repetir las mismas preguntas sin respuesta una y otra vez el sonido del correr de la cortina al cerrarse me sacó de mi ensimismamiento.
– Hemos conseguido salvarlas. Era todo lo que podía hacer, pero parece que ha sido suficiente. — dijo finalmente – ¿Os estáis preguntando qué es ella, verdad?
– Realmente me estoy cuestionando muchas cosas… — respondí intentando sostenerle la mirada.
No sé por qué razón acabé por desviarla, quizá porque presentí que era algo triste o vergonzoso para él y, a buen seguro doloroso de recordar. No obstante era evidente que aquel extraño ser me tenía muy intrigado aunque no más que la reacción desesperada de aquel alquimista, máxime si tenía en cuenta lo implacable y a veces hasta cruel que era con aquella clase de seres.
Lentamente Yedael que se había sentado a la mesa en la que conocimos a la bruja. Auli, algo más recuperado del esfuerzo, nos imitó.
Pasaron unos minutos antes de que comenzase su relato.
– Hace cerca de cincuenta años, cuando era joven y fuerte como vos, era el escribano y representante de un rico comerciante de Tiro. Recorrí el Mare Nostrum cientos de veces, realizando tratos para él, llevándole las cuentas, los contratos, comerciando y estableciendo relaciones con las diferentes comunidades judías de toda Europa, las cuales a su vez comerciarían con los habitantes de cada localidad. Era un buen negocio, era feliz, y podía conocer multitud de países y gentes diferentes.
Allá donde hacíamos escala usaba las influencias de mi patrono para poder acceder a manuscritos antiguos, bibliotecas privadas y toda clase de conocimiento recopilado por toda condición de gente. Aprendí mucho de muchos temas: historia, costumbres, idiomas…
Así pasé muchos años.
Hubo una vez que tuve que permanecer en Marsella bastante más de lo previsto, algo más de un año, ya que no conseguí volver a tiempo de un trato en París y el barco había de partir urgentemente. No había problema ya que mi patrón estaba sobre aviso y me recogería con la siguiente embarcación que atracase en aquella bella ciudad. Busqué una vivienda en alquiler y residí allí durante algún tiempo. Al poco de establecerme conocí a la hija de un herrero, Elena de Arcí, una joven extraordinaria de origen español. Tenía unos ojos negros brillantes de curiosidad, unas manos preciosas y adoraba escuchar los relatos de mis viajes o qué nuevas cosas había logrado aprender de aquí o de allá.
El alquimista hizo una pausa entornando los ojos, como si recordar aquella época de su vida le hubiese causado cierto dolor nostálgico.
– El padre de Elena era un buen hombre, no habría aprendido a leer ni escribir pero daba lecciones de tolerancia en un mundo receloso ante lo diferente. Sin dudar bendijo nuestro amor, a pesar de pertenecer a una religión diferente y me desposé a su hija… siempre recordaré sus palabras: “Si te cortas tu sangre es igual a la de mi hija. Vienes de diferente lugar y pensamos muy diferente, pero estás hecho de la misma carne.”
Fueron tiempos felices.
Yo conseguí un buen trato con mi patrón y pasé a residir en Marsella como su agente. Así no tendría que viajar tanto y podría disfrutar de la compañía de Elena y de Amarel, la hija que crecía en su vientre.
Enarcó sus cejas con una sonrisa meláncolica en un gesto que claramente indicaba que me iba a ahorrar todos esos detalles. Yo sonreí a su vez, ya que su historia me recordaba a cuando conocí a Teresa.
– Algunos años después hube de regresar a Tiro a arreglar determinados asuntos y dado que Amarel era ya suficientemente mayor para viajar, mi familia me acompañó a fin de poder conocer la tierra de donde yo procedía. Siempre me arrepentiré de aquella idea, aunque por supuesto en aquel momento ignoraba lo que el destino me tenía reservado con aquel viaje.
Mi patrón era algo más mayor que yo y siempre fue muy mujeriego. No tenía problema ya que al ser un hombre acaudalado siempre pudo comprar con quien aplacar sus necesidades o el silencio necesario para no manchar su nombre… Él se prendó de Elena y aunque ella siempre lo rechazó educadamente, eso no hacía más que aumentar su deseo, hasta tal punto que le venció la desesperación mientras yo ignoraba lo que sucedía cuando yo no estaba presente.
Él no era un hombre violento, así que nunca la hubiese forzado, pero eso no evitó que recurriese a otros medios.
Y el día que lo hizo, al abrir sin llamar la puerta de su despacho, como siempre dada la confianza forjada entre ambos con el pasar de los años, hallé una escena que jamás podré borrar de mi memoria.
Al fondo de la sala había una señora de avanzada edad, vestida con harapos y aspecto físico desaliñado. De su arrugado cuello y muñecas colgaban abalorios de todo tipo y diferentes medallones. A lo largo de la estancia había una gran cantidad de huesos, velones y otros utensilios. A un lado mi patrón con el rostro desencajado y llorando amargamente portaba una pequeña espada desenfundada, al otro mi Elena se encontraba de rodillas sobre Amarel, sujetándole violentamente el cuello mientras que la niña se hallaba inconsciente, pálida y con la mirada en blanco.
Recuerdo que me quedé bloqueado en la puerta ante aquella demencial escena. Mi patrón, me dirigió la mirada más triste y arrepentida que jamás pude ver y se lanzó hacia la hechicera provocandole una gran herida en el cuello y, acto seguido, giró la muñeca, apuntó a su propio abdomen y se hundió la hoja tan profundamente que la punta de aquel espadín asomó por su espalda. Mientras caía de rodillas al suelo, con el último aliento me dijo: “Quería que tu mujer fuese mía. Siempre me puso excusas… aún bajo el hechizo dijo que no, que estaba su hija presente…… y deseé por un instante que la niña no existiese. Y se lanzó sobre ella………”
Aquel acto me despertó y me lancé sobre mi mujer, empujándola y esta cayó completamente inerte como un fardo de sal. Cogí a mi hija en brazos y cuando quise incorporarme un sonido agudo y chirriante invadió mi cabeza hasta desmayarme.
En sueños una voz habló clara como un día de primavera.
“Soy el ser que tu patrono tenía doblegado desde hace años a través de alquimia para obtener aquello que se le negaba. Lamento profundamente lo que está sucediendo pero todavía no es tarde. Tu mujer está perdida ya que su mente se apagó al ver lo qué había hecho su cuerpo a vuestra preciada hija, pero podré salvarla a ella.”
Me desperté súbitamente con un dibujo en mi cabeza. Tres círculos. Muchas líneas y símbolos. Dibujado con sangre. En aquel momento no sabía qué era aquello y, aunque más tarde supe que aquello eran círculos de transmutación y conocí los secretos de la alquimia. jamás llegué a comprender el significado de aquella construcción.
Arranqué el espadín del cuerpo sin vida de mi patrón y me practiqué un gran corte en un brazo y con la sangre que manaba fui realizando el dibujo que tenía grabado en la mente. En cuanto lo finalicé, caí desplomado y prácticamente sin vida.
No se cuanto tiempo pasé inconsciente, pero cuando me desperté mi hija se encontraba sentada a mi lado. Mi mujer yacía algo más alejada e inerte en la misma postura en la que cayó cuando la empujé. Antes de que pudiese levantarme Amarel me habló con voz diferente y sus ojos se habían vuelto ambarinos como el sol en un amanecer.
“Mi nombre es Anuhata. Sigo viva y soy libre gracias a tí. Con tu ayuda he logrado abandonar mi cuerpo y alojarme en el de tu hija… No temáis por ella: su alma reside conmigo aquí y compartiremos su cuerpo de modo igual. Ella disfrutará de su cuerpo exactamente en la misma proporción en que yo lo haga. A cambio yo cuidaré de ella y la alejaré de todo mal.”
Empecé a llorar desconsoladamente, en un instante había perdido toda mi vida: mi trabajo, mi familia, la mujer a la que amaba y mi querida hija estaba poseida por un extraño ser del que nada sabía. Pero estaba viva. La había salvado y me encontraba en deuda con ella.
“Está bien”, dije, “tres cosas os pido si me lo permitís: dejadme hablar con ella una vez más, nunca permitáis que sufra y haced que no recuerde nada. Prefiero portar esta carga yo solo.”
Inmediatamente la voz de la niña cambió y sus ojos volvieron a su color avellana: volvía a ser mi pequeña, lo cual me indicó que Anuhata había aceptado mis peticiones.
Hablé unos instantes con mi hija. Le dije cuánto la amaba y lo feliz que era gracias a ella. Ella no dijo nada me abrazó y ambos lloramos largamente. Finalmente Anuhata cumplio su cometido, sus ojos se volvieron ambarinos, se puso en pie y me dijo:
“Tus heridas han sanado y nuestras deudas están saldadas. Cumpliré mi trato, tienes mi palabra. Le será dificil a su joven cuerpo contener las dos almas pero estará bien.”
Se levantó y se fue caminando lentamente hasta salir de la estancia y de mi vida.
No la ví hasta muchos años después, en esta misma sala en donde nos encontramos. Me habló de la alquimia y cómo obtener su conocimiento. Yo que me encontraba a la deriva y sin objetivo me volqué en ello hasta convertirme en el viejo que tenéis enfrente a vos.
Esa es mi historia, espero que resuelva vuestras dudas con respecto a ella…”
En ese momento pude ver cómo las lágrimas recorrían el arrugado rostro de aquel alquimista, aquel hombre que tenía frente a mí.
– Siempre he vigilado desde lejos que se encuentre bien. Es innegable que Anuhata ha cumplido su palabra dado que yo ya me encuentro al final de mi vida y ellas siguen vivas y sanas. Supongo que parte del proceso implica que mi hija posea ese aspecto frágil y enfermo y que apenas haya envejecido un par de años mientras por mi cuerpo ha pasado ya medio siglo. Pero ahora parece que son tiempos revueltos y temo que ella sola no pueda combatir aquello en lo que nos encontramos inmersos.
El viejo levantó la mirada y nos miró alternativamente a Auli y a mí.
– Auli, Aldana… mi tiempo se acabará, antes o después, juradme por vuestro honor que la protegeréis. Por favor.
El enorme numida asintió con la mirada fija en Yedael. Yo por mi parte no podría negarme. Me habían salvado la vida y me estaban ayudando en mi cruzada contra Arymaili y sus lacayos.
Cuando iba a asentir una voz débil surgió de una esquina de la habitación.
– Ella no necesita ayuda… — era Amarel. — Pero no podrá volver en treinta días. Antes de irse me dijo que os avisara: tenemos que huir. Vienen a por nosotros.
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