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Minientrada

Capítulo 4. La gran habilidad

15 de febrero de 1.309

Hasta pasado un día entero no pude ponerme en pie sin sufrir fuertes mareos. Aquella extraña visión me había dejado destrozado, tanto a nivel mental como físico, y todavía permanecía en mí una extraña sensación en el cuerpo… ¿qué significaría? ¿qué querría Dios nuestro Señor que viese en ella? Supongo que debería ser yo mismo el que diese con la respuesta ya que ni Yedael, quien parecía acumular una grandiosa sabiduría, supo responderme tras haberle relatado mi trance. También es probable que al ser judío no pudiese comprender algo perteneciente a la Verdadera Fe…

Cuando pude levantarme observé con gran asombro que Zéfiro se encontraba sujeto por las bridas a uno de los estadojos del carro e inmediatamente me subí a su lomo. Creo que mi montura se alegró tanto como yo mismo cuando lo hice. Yedael y Auli insistieron en que descansase todavía más, pero mientras yo ocupase el carro ellos no podían descansar adecuadamente ya que el espacio era reducido, así que hice el esfuerzo de cabalgar por mí mismo. Podrían haberme abandonado a mi suerte en la Gran Sala de Oriente, pero me recogieron y quizá al hacerlo me salvaron la vida, así que quise agradecérselo en el modo en que pudiese.

Poco después la noche estaba llegando a aquella zona perdida en mitad del desierto del Sinaí. Cuando vivía en Francia jamás hubiera creído que en una región en la que el sol durante el día parece querer derretirlo todo existiesen noches tan frías. Me arrebujé en mi capa y azucé a Zéfiro para que se pusiera a la par del carro, el cual se había distanciado ligeramente en los últimos minutos. Mi montura resopló con resignación, supongo que a causa del cansancio acumulado, y se fue acercando perezosamente a la parte delantera del carro, lugar en donde se encontraba el viejo alquimista guiando a las  mulas.

– Yedael, aún no os he dado las gracias por recoger a mi caballo. — le dije, pues ciertamente le había cogido cariño al animal y me hubiese entristecido perderlo a él también.

– Es una buena montura, no merecía ser abandonada en un lugar tan terrible.

El viejo alquimista me respondió sin desviar la mirada de la lejanía, en donde se visulmbraba un pequeño pueblo asentado bajo la falda de una colina rocosa. Parecía estar conformada por una veintena de casas de planta baja y del mismo color ocre que inunda todo el paisaje por aquellos parajes. Los dos viajeros seguramente proviniesen de esa aldea. Me quedé observándolo unos instantes y en un momento dado, se irguió en su asiento para poder ver mejor en lontananza. A lo lejos, dos figuras, niños seguramente, parecía salir del poblado en dirección a nosotros. Yedael permaneció en esa postura por largo tiempo hasta que giró ligeramente la cabeza hacia atrás y le dirigió unas palabras al numida que no logré comprender. Auli, se levantó pesadamente y levantó la cabeza por encima de las baldas del carro para observar en la dirección en que miraba su compañero. Inmediatamente y haciendo gala de una gran agilidad a pesar de sus dimensiones, saltó de la parte de atrás del carro al banquito en donde Yedael se encontraba sujetando las riendas.

Tras intercambiar un par de palabras más, Auli tomó las bridas y Yedael pasó a la parte de atrás del carro con gran dificultad, contrastando con la agilidad demostrada por su compañero. En esos momentos me pregunté cuántos años tendría aquel arrugado anciano de manos encallecidas y pelo cano. Al llegar a la parte trasera, comenzó a apartar los diversos objetos que portaban en el carro tratando de despejar una pequeña zona del suelo.  Después comenzó a partir en pequeños trozos unas enclenques y secas ramas de olivo, hecho que atrajo mi curiosidad, e hice que Zéfiro se retrasara lo suficiente como para situarme detrás del carro y poder observar qué maniobra estaba realizando el alquimista. Una vez situado adecuadamente, pude observarle con toda claridad en los momentos en que, con ambas manos, rebuscaba en el interior de su jubón hasta extraer de su interior una pequeña piedra caliza. Inmediatamente comenzó a hablarme en francés.

– La alquimia se compone de tres partes: comprensión, destrucción y reconstrucción. Comprensión de la materia con la que vas a trabajar y su composición exacta. Destrucción de la forma en elementos más simples y finalmente reconstrucción a partir de las partes sencillas hasta lograr un nuevo objeto. Este es el fundamento de la alquimia. El círculo simboliza el ciclo que se ha de seguir con la destrucción y reconstrucción.

Y con la piedra que tenía en la mano trazó un circulo en el suelo del carro.

– El interior del círculo destruye. Aquí deben introducirse los datos del material que vas a descomponer: información de la composición de los materiales a transmutar, la forma, su densidad, el método a seguir en la descomposición, … cada cosa tiene su símbolo y nada es arbitrario.

Tras finalizar sus palabras comenzó a dibujar una multitud de triángulos, cruces, líneas y símbolos semejantes a extrañas letras. En este punto reparé en que efectivamente nada estaba escrito al azar y que cada línea, símbolo y figura era meditado durante unos segundos y dibujado después metódicamente.

Finalmente pregunté.

– ¿Y  cómo sabéis en qué lugar del círculo ha de ir cada cosa?

El alquimista sonrió haciendo que su ya arrugado rostro se marcase más aún.

– Muy buena pregunta, joven. Muchos años de estudio hacen falta para saberlo. La disposición de los símbolos alquímicos en el interior conforman la ecuación…

– ¿Ecua… ción? — pronuncié con dificultad, ya que nunca había oído tal palabra.

– Sí, una ecuación es una fórmula, una receta, para llevar a cabo la descomposición, el orden en que ésta debe realizarse, el grado de separación, los tiempos. Todo.

Y trazando una ultima gran línea que confería al diseño un aspecto bastante armónico y geométrico finalizó el dibujo interior.

– Así como el interior destruye, el exterior construye. Alrededor del círculo indicamos qué vamos a reconstruir, con qué forma, qué textura, cómo se recombinarán los elementos que obtendremos de la descomposición interior. Esta es la parte más difícil. Destruir es sencillo… construir ya es harina de otro costal. Siglos de estudio nos han permitido desentrañar el idioma de la Gran Habilidad.

El alquimista, con mano firme, comenzó a dibujar docenas y docenas de símbolos semejantes a los que yo había visto en la cúpula de las catacumbas hace ya tanto tiempo atrás.

– ¿Eso es… “enocilano”?

Yedael se detuvo bruscamente y me dedicó una mirada cargada de curiosidad arqueando sus pobladas cejas.

– “Enochiano”, se dice “e-no-chia-no” — me corrigió — ¿pero cómo sabéis vos eso?

Mis ojos se tiñeron de una amarga tristeza al recordar el evento en el que aquel diabólico ser, Arymaili, me indicó el nombre de aquel idioma.

– Alguien… alguien me lo dijo una vez.

– Vaya, a juzgar por vuestra reacción cuando nos conocimos nunca me hubiese imaginado que vos tuvieseis relación con un alquimista.

– Para ser sincero, nunca había conocido un alquimista antes de vos — respondí.

– Se tratará pues de alguien con un grandiosa sabiduría. No es algo que se aprenda de un manuscrito cualquiera…

Los siguientes minutos transcurrieron en silencio, no sé si porque Yedael estaba demasiado concentrado en su tarea o porque se imaginaba que había tocado una fibra sensible. Finalmente, cuando tuvo el dibujo finalizado, colocó los trocitos de rama en el centro del dibujo.

– Ahora solo falta el pago.

– ¿El pago? — pregunté extrañado

– Sí. Los alquimistas europeos están empeñados en el intercambio equivalente y cosas así. Bueno, no se equivocan del todo, pero si tu llevas un kilo de hierro al herrero te podrá hacer una espada de un kilo de peso ¿cierto? — asentí tras su pregunta ya que parecía de toda lógica –. Pero algo deberás pagarle al herrero para que te la haga.

– Tiene sentido… — contesté — para el herrero, pero no veo en que se puede aplicar a vos y esas ramas. No os podéis pagar a vos mismo…

– No voy a ser yo quien talle estas ramas con mis manos, así que he de pagar para que sea el mundo quien lo haga por mí. Al igual que con el herrero.

Mi rostro debía estar totalmente desencajado tras su comentario ya que el viejo comenzó a reir sonoramente.

– Supongo que os preguntáis con qué se le puede pagar al mundo…

Asentí mientras el judío introducía nuevamente una mano en su jubón.

– Cualquier cosa sirve como pago, pero ha de tener valor para vos. No importa si a nadie más en el mundo le resulta valioso, pero si para vos lo es, sirve como pago. Podría ser toda la fortuna de un hombre rico o una sola moneda de un hombre pobre. Podría ser un juguete de la infancia o una reliquia familiar o religiosa — mientras decía esto sacó un guijarro de piedra amarilla de su bolsa –… también sirve un trozo de la casa que os vio nacer a vos y a vuestros hijos.

– ¿Cómo sabes cuánto has de pagar?

– Lo sabes.  Cuando estás aquí, enfrente a tu propio círculo de transmutación sabes cuánto te va a costar. Puede ser algo sencillo como esta piedra hasta lo más alto: pagar con la propia vida.

– ¿Puedes perder tu alma como pago? — respondí asustado ante tal perspectiva, quiza los alquimisas fuesen de verdad seres malditos.

– No. — respondió severo el alquimista — Yo no he dicho tu alma, he dicho tu propia vida. No puedes pagar con algo que no te pertenece. Sé que os resultará chocante, hijo, pero no voy a volver a discutir con vos acerca de religión. Observad.

Acto seguido el alquimista dejó caer la piedra sobre el círculo y cuando esta toco él suelo de la carreta un gran destello ambarino surgió del lugar. La luz permaneció durante unos segundos emitiendo un sonido semejante al rumor constante y grave de un gran río. Finalmente la luz se consumió y en el interior del círculo ya no había rastro de las ramitas partidas.

En su lugar había dos caballos de madera finamente tallados, uno de ellos hacía una cabriola y el otro tenía la postura típica de un caballo a galope tendido.

Tras la lección de alquimia pasamos largo rato en silencio. En mi cabeza se agolpaban las preguntas acerca lo que acababa de presenciar, pero no me atreví a interrumpir a Yedael, que se encontraba  sentado en el carromato, con las delgadas piernas colgando por la parte de atrás, tenía la mirada perdida en ninguna parte. No se inmutó hasta que llegamos a la altura de los niños, momento en el cual los cogió en brazos y los subió al carro.  Poco después les hizo entrega de los caballos de madera, uno para cada uno. Los niños abrieron los ojos maravillados ante tales regalos e inmediatamente comenzaron a reir y jugar con aquellas bellas figuras. Deberían tener ocho o nueve años, como mucho. La edad que tenía mi hijo cuando murió. Pero lejos de entristecerme, la risa de aquellas criaturas me recordó aquellos lejanos momentos de felicidad.

No sería hasta el atardecer que llegasemos al pequeño poblado. Detuvimos el carro en lo que sería la plaza central de la aldea, rodeados de treinta o cuarenta personas, hombres y mujeres que en seguida dieron la bienvenida al judío y al numida. Yo, que había desmotado de Zéfiro y lo traía por las bridas, me había quedado un poco más atrás a fin de no llamar demasiado la atención, pero era evidente que no lo conseguía. Tras cada abrazo o aprentón de manos se sucedían miradas hacia mí o preguntas señalando con la cabeza el lugar en donde me encontraba.  Yedael, tras ellas, daba breves explicaciones sin borrar la sonrisa de su rostro. Supongo que no se verían muchos extranjeros por esta zona y se notaba cierto recelo ante mi presencia.

En un momento dado cuando me encontraba acariciando la cruz de mi caballo, que ante tanta gente se había puesto algo nervioso, sonó tras de mí la voz grave y serena de Auli, el numida.

– ¿Hablais latín? — me preguntó en un francés lento y dificl de comprender.

– Si — le contesté en dicho idioma. Dominarlo era un requisito indispensable para ingresar en la orden así que no tenía problemas en expresarme en él.

– Mejor. — dijo cambiando a un fluido latín — Me resulta difícil expresarme en vuestra lengua. Acompañadme, por favor.

Nos dirigimos a una pequeña vivienda, algo alejada del núcleo principal de la aldea y construída con los mismos materiales. La casa era baja, más incluso que las otras que eran de una única planta, y contaba con un pequeño establo en la parte de atrás en donde Auli me indicó que atase a Zéfiro. Tras haberlo hecho, acompañé al gigante al interior de la vivienda a través de una escalera excavada en el suelo a la entrada. Una vez en el interior me encontré ante una única sala de bastante extensión tallada enteramente en el suelo del lugar a algo más de dos metros de profunidad. El techo estaba completamente cubierto de tablones de madera y de tanto en tanto había una columna de piedra que evitaba que la estructura se colapsara bajo su propio peso. La estancia era lo suficientemente alta como para que Auli pudiese permanecer de pie totalmente erguido sin golpearse la cabeza con ninguno de los múltiples y extraños objetos que se encontraban colgados a lo largo y ancho de casi toda la habitación.

Apoyó su gran hacha en una pared y comenzó a limpiar los restos de leños quemados y cenizas del hogar. Al ver que se disponía a enceder un fuego, me acerqué al fondo de la estancia en donde había visto unos troncos apilados y recogí unos cuantos que dispuse en el lugar limpiado por Auli. Sin decir palabra, el enorme numida, depositó hierbas secas sobre los troncos y con un pedernal creo chispas hasta que el fuego prendió en la hierba y, posteriormente, en los troncos.

– Yedael tiene algunas cosas que contarles a la gente de la aldea, vendrá más tarde. — me dijo el numida una vez nos hubimos sentado en torno al fuego.

Tiempo después apareció el alquimista con unas piezas de carne que enseguida pusimos sobre las brasas para, por primera vez en bastante tiempo, cenar convenientemente.

– Les he contado a la gente del pueblo que os encontramos desmayado en el camino y os prestamos auxilio. — dijo Yedael durante la cena–. La gente de vuestro aspecto que recorre estos lugares suelen ser vigías de algún ejercito occidental y vuestra sola presencia causa cierto temor en los habitantes de la aldea. Diré que sois un comerciante que volvíais a Tiro desde Jerusalén para justificaros. La gente de esta aldea ha sufrido muchas desgracias a causa de las cruzadas, el hambre y la guerra. No merecen el sufrimiento de saber también qué oscuros seres acechan en la oscuridad.

Yo medité unos segundos sus palabras antes de asentir y antes de que pudiese decir nada Yedael continuó

– ¿Conocéis el motivo por el cual os puedan estar siguiendo? Es obvio que tenéis mucho que contarnos dado que entiendo que sabeis que lo que os perseguía no era como vos o yo. Si esperais nuestra hospitalidad, que como veis estamos perfectamente dispuestos a ofrecérosla, es preciso que sepamos a qué nos podemos estar enfrentando.

La mirada de Yedael se volvió afilada y penetrante. Estaba sentado al otro lado de la pequeña mesa con las manos entrelazadas sobre la mesa en actitud autoritaria. Auli estaba sentado en el suelo repasando el vendaje del mango de su hacha sin prestarnos demasiada atención ya que estabamos hablando en francés.

Finalmente suspiré profundamente y le relaté todo lo que pude recordar desde aquella noche en que me disponía a ingresar en la Orden. El alquimista prestó atención a cada uno de los detalles que narraba y torció el gesto cuando conté lo de las cicatrices por los pecados capitales.

– Mal asunto — dijo finalmente tras meditar mis palabras

– ¿El qué? — pregunté, inquietado ante la perspectiva de que pudiese arrojar luz sobre alguno de los puntos oscuros de mi historia.

– Ese demonio, Arymaili… no es más que un sirviente por lo que decís… a lo que hay que sumar al que quemé en nuestro encuentro y su acompañante. Aquel que os persigue ha de ser alguien importante allá.

– ¿Allá? ¿dónde?

– El Nakara, el Hades, el She’ol, la Gehena…  diferentes nombres en diferentes culturas para un mismo lugar…  el infierno.

Mis ojos se abrieron de par en par, cierto es que ya había asumido la demonicidad de Arymaili y lo que me había sucedido… pero al escuchar fria y secamente la posibilidad de hallarme ante el infierno me hacía estremecer. Ciertamente, era un mal asunto, y yo seguía sin saber porqué tenía que sucederme a mí.

– ¿Qué sabéis del reino de las sombras? — inquirí.

– Algunas cosas. He visto algunos demonios a lo largo de mis años, y no es el primero al que he tenido que eliminar a través de alquimia u otros medios, pero en todo caso eran entes que actuaban solos atormentando a la gente aisladamente o los empujaban a cometer atrocidades. Pero en este caso quieren algo de vos y eso será lo primero que deberéis averiguar.

– Ayudadme, os lo ruego.

– No veo porqué deberia inmiscuirme con vos en tan oscuros asuntos, hijo. No os lo tomeis a mal, pero mis viejos ojos ya han visto más demonios de lo que sería recomendable.

Hablamos un poco más, aunque no volví a insistir en que me ayudasen, no podía obligarles a ello y ya bastante estaban haciendo por mí persona.

Transcurrirían un par de días en los cuales comencé a relacionarme poco a poco con las gentes de la aldea, sobre todo con los jóvenes que eran más destemidos que sus progenitores y comencé a sentirme medianamente cómodo en aquel lugar. Aunque el desconocer el idioma y las costumbres fue todo un obstáculo, mi insistencia por ayudar a la gente y los esfuerzos por mi parte para hacerme entender con señas poco a poco dieron su fruto. Supongo que fue más debido a mi supuesta amistad con Yedael que por mi propia persona. La gente de aquel lugar vivía sobre todo del pastoreo de ovejas y de los productos que de éstas se obtienen. Había también pequeñas huertas roturadas en aquel agreste terreno irrigadas por turnos bastante bien organizados con el agua del manantial, que aunque escasa, era espléndidamente recibida por los cultivos y devuelta con creces en forma de legumbres y lentejas.

La tercera noche, me encontraba resguardando a Zéfiro en el establo cuando se escuchó un grito desgarrador proviniente de la aldea. Inmediatamente salí corriendo en dirección al lugar de donde provino el grito e, instantes después, me encontraba delante de una de las casas más alejadas del centro de cuyo interior se oían gemidos de inescrutable dolor. Abrí la puerta lentamente y en su interior se encontraba una mujer de rodillas en el suelo con la cara hundida en las manos sollozando. Al fondo de la estancia, un hombre, joven y robusto se encontraba clavado en la pared con grandes heridas en todo el cuerpo de las cuales manaban torrentes de sangre. En cuanto di un paso en dirección a la mujer un muro de fuego se interpuso entre ambos e instantes después la casa entera sucumbía pasto de las llamas. Yo, que había dado un salto hacia atrás por la impresión me encontraba fuera observando como el fuego devoraba la vivienda entre los horribles gritos de la mujer que se encontraba en su interior. Minutos después me encontraba rodeado de los lugareños que intentaban por todos los medios sofocar unas llamas que no hacían más que crecer y crecer amenazando las viviendas cercanas, mientras que los más viejos me gritaban y empujaban creyendo, posiblemente que aquella desgracia había sido provocada por mí.

Entre tanto, un hombre joven, con el rostro completamente enrojecido de ira, sacó un cuchillo de grandes dimensiones y se acercó a mí con intención de matarme cuando cayó fulminado enfrente de mí. Golpeó el suelo como un pesado fardo dejado caer libremente. La gente que me rodeaba dio un par de pasos hacia atrás atemorizada y otro más se acercó con intenciones similares.

El resultado fue el mismo. A pocos pasos de distancia cayó también para nunca más levantarse, con los ojos abiertos, la boca abierta y el gesto desencajado.

Apunto estuve de desmayarme cuando aparecieron Auli y Yedael, que se pusieron uno a cada lado en actitud protectora. Estalló una fuerte discusión entre Yedael y aquellos que no se encontraban apagando el fuego. El judío gesticulaba con los brazos señalando la dirección de la que habíamos venido y después me apuntaba a mí. Estaba seguro de que el alquimista no estaba sino defendiéndome hasta que se hizo el silencio, cogió el cuchillo del primero de los hombres que había pretendido vengarse y se dirigió a mí con éste en la mano.

– Hijo, confiad en mí. ¿De acuerdo?

Lo cierto es que si de mi dependiera en ese mismo instante hubiese echado a correr hasta llegar a Europa. ¿Qué iba a hacer? Comenzaba a levantar el cuchillo con la hoja apuntando en mi dirección mientras seguía caminando. Notaba mi corazón en el pecho golpeando desesperado por salir. Tres metros. Dos metros. Un metro. Lo tenía enfrente, a mucha menos distancia de un paso. Sus ojos se clavaron en los míos y ví como me lanzaba una cuchillada directamente al cuello. Cerré los ojos. Los cerré con tanta fuerza que creo que me dolieron los párpados aquella noche. La gente gritó de terror, pude oír los pasos de alguien que corría… pero no sentí el hierro hundido en mi cuello. No sentí dolor. No sentí nada…

Abrí los ojos y pude ver a Yedael en la misma postura que en el momento anterior con el cuchillo detenido a escasas pulgadas de mi piel y que también tenía los ojos cerrados. Detrás de él Auli, sujetaba con considerable esfuerzo una masa oscura que se acercaba a Yedael. Aquello era como una especie de humo, aunque mucho más translucido y muy similar a lo que ví cuando Arymaili se puso a mis espaldas tras abandonar el cuerpo sin vida de mi esposa. A pesar de estar sujeto por el gigante, de estar Yedael entre eso y yo podía percibir el sentimiento homicida proviniente de aquella cosa.

Finalmente, Yedael abrió los ojos y se giró mientras observaba a su amigo forcejear con aquella cosa. Rápidamente, tomó un palo y en el suelo trazó un gran círculo en el que introdujo un par de símbolos. Una vez estuvo finalizado retrocedió rápidamente agarrandome de mis ropas para que yo también hiciera lo propio. Nos alejamos y vimos al gigante arrastrar poco a poco a aquella cosa al interior del círculo y una vez dentro se dejó caer para que a su descomunal fuerza se uniese la de su terrible peso a la hora de retenerla bajo control.

En un principio pensé que se trataría de un circulo de transmutación como el que había visto en la Gran Sala o en el carro, pero no hizo ningún pago, ni salió una luz desde el circulo. Por el contrario los tatuajes que el numida tenía en el cuerpo comenzaron a brillar con una luz rojiza que fue tomando cada vez más intensidad y, llegado un punto, el enorme negro abrió la boca profiriendo un terrible grito y tras ello la masa de humo comenzó a introducírsele en el cuerpo a través de ésta.

– ¡Lo va a poseer! — grité intentando acercarme para asistirlo, pero Yedael me sujetó con fuerza conminandome a que observase.

Pasados unos segundos el humo había desaparecido totalmente en su interior y se encontraba en el suelo, visiblemente cansado y lleno de sudor.

– ¿Qué ha sido eso Yedael? — le pregunté.

– Auli es un ser nacido sin alma en su interior, pero dentro de sí lleva miles de ellas.

– ¿Qué habéis dicho?

– Auli es un homúnculo. Un ser creado a partir de la alquimia… para retener y confinar otras. Si queréis una muestra de lo que significa el infierno, dentro de él hay una.

Miré al gigante estupefacto. Los hombres de la aldea que habían logrado apagar el fuego ayudaban ahora al numida a levantarse y caminar. Tosía fuertemente y se veía débil.

– Tenemos que huir de aquí. — dijo finalmente.

– ¿Vendréis conmigo?

– Hasta hace un momento la cosa era solamente con vos, pero hemos tomado partido apresando a uno de sus miembros y matando a otro. Ya no tenemos elección…

…Quizá nunca la hayamos tenido.

  • ¡Siempre, cuando se pone muy interesante resulta que estoy acabando de leer el capítulo!
    Simplemente, me encantó, no se qué mas decirte!! Bueno si, publica más seguido!!!!! que luego me tienes en ascuas!!!!

    Saludos a tod@s
    ;)

    Rosy

    27 noviembre 2010

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