Capítulo 3. El terror de ser salvado.
Otra vez el mismo sueño.
La luz lo inunda todo. Es tan clara y brillante que apenas puedo ver nada y lo poco que alcanzo a vislumbrar está desenfocado y borroso a causa de la claridad. Intento cubrirme el rostro con la mano pero ésta no me responde. De hecho ninguna parte de mi cuerpo parece querer moverse. No sé dónde me encuentro, pero oigo voces a mi alrededor. Suenan como lejanas y amortiguadas, tanto que no logro comprender de qué hablan… parece que están discutiendo a juzgar por el tono de voz empleado.
Un terrible y desgarrador grito de mujer se sobrepone a las voces. La luz se desvanece y siento que comienzo a caer hacia ningún lugar. La luz en la que me hallaba va quedando cada vez más atrás, al frente, en dirección a mi movimiento, algo que parece el suelo. Noto como poco a poco mi velocidad va en aumento. El roce del aire comienza a ser abrasador y apenas puedo pensar a causa del dolor que éste provoca en mi piel.
Sigo cayendo. La abrasión causada por la velocidad es tal que siento que me envuelve el fuego.
El suelo está cerca. Poco a poco mi cuerpo comienza a convertirse en polvo.
Ya está cerca… ya está cerca.
Manhattan. 20 de septiembre de 2010.
Abrí los ojos y la claridad que había allí dentro me hizo pensar que todavía me encontraba inmersa en el sueño, pero el sonido rítmico y potente del aparato en cuyo interior me encontraba me devolvió a la realidad. Era una lástima. Llevaba tantos años repitiendo el mismo sueño que me hubiera gustado saber donde termina… aunque acabase siendo una tortilla contra el suelo.
Me encontraba algo mareada, pero cuando mis ojos se adaptaron a la luminosidad pude ver mi pecho subiendo y bajando serena y rítmicamente. Al fondo, mis pies, pequeños y delgados, sobresalían de esa especie de bata de papel con la que visten a los pacientes en los hospitales.
Cáncer.
Desde hace algún tiempo era la única palabra que sonaba en boca de los médicos consulta tras consulta. Fogonazos de luz intermitente, desvanecimientos y sobre todo, un sonido agudo e inclemente que de vez en cuando inundaba mi cabeza me habían llevado de hospital en hospital, hasta llegar aquí. Invitada por la doctora Emily Fowler, una gran amiga que no se acababa de creer los diagnósticos de los otros médicos.
El sonido del altavoz disolvió mis pensamientos.
– Joanna… ¿estás bien? — su voz sonaba demasiado aguda y con un tinte metálico.
– Sí… perdona, creo que me he quedado dormida — respondí.
– No me des esos sustos, llevo llamándote un buen rato.
– Disculpa.
La voz del altavoz suspiró con resignación.
– Eres increíble… ¿cómo puedes quedarte dormida durante un TAC?
No respondí. No me hubiera creído de todos modos. Durante el último año me había hecho varios escáneres y casi siempre me dormía apesar del ruido del aparato. El sonido fuerte y seco que producía durante las pruebas médicas quedaba totalmente anulado ante la quietud y el sosiego que la luz provocaba en mí. Una paz y tranquilidad suficientes como para hacer que me duerma como una niña pequeña… quizá deba conseguirme uno de estos para casa, concluí para mis adentros mientras sonreía tristemente.
– Hay que repetir la prueba — dijo Emily — la zona del cerebro que quería ver sale movida.
– Perdona, supongo que me habré movido al dormirme.
La camilla sobre la que me encontraba tumbada comenzó a moverse emitiendo un leve sonido eléctrico hasta alcanzar la posición inicial.
– ¿Quieres que te ponga algo de música para que no te duermas?
– ¿Tienes algo de música decente? ¿AC/DC quizá?
– Lo siento, Jo — así me llamaban mis pocos amigos — Tiene las mismas canciones de siempre.
– Entonces déjalo, haré un esfuerzo por no dormirme.
Treinta minutos después, sentí como la doctora extraía la camilla del interior del enorme escáner. Cuando ésta estuvo totalmente fuera, me senté con su ayuda. Llevaba tanto tiempo tumbada e inmóvil que mi cuerpo entero protestó ante el esfuerzo.
– ¿Has encontrado algo? — pregunté
Emily suspiró mirando hacia otro lado.
– No te andes con rodeos, por favor. — insistí.
– Lo cierto es que no he encontrado nada…
– Pero eso es bueno ¿no?
– Bueno, significa que de momento no hay un cáncer visible… pero podría ser un cáncer de células pequeñas, que es más agresivo… si es que es un cáncer, que yo no termino de aceptar tal diagnóstico.
Le puse una mano sobre el hombro y con la mejor sonrisa que fui capaz de ofrecerle le dije que no se preocupara, que ya bastante estaba haciendo por mí. Finalmente ella también sonrió.
– Encontraremos lo que te pasa y lo solucionaremos.
Después me acompañó en silencio al cuarto de preparación en donde había dejado mi ropa. No me había percatado hasta ese momento en cuánto debería destacar en aquel lugar plagado de color blanco hasta los cimientos. Mi chaquetón negro, un pantalón vaquero azul oscuro y un jersey gris que de todos modos quedaría cubierto por el chaquetón… en cuanto me pusiese el casco parecería un escuálido grillo de metro sesenta y cinco.
Salí fuera del hospital, ya casi había anochecido. Respiré profundamente y saqué un cigarrillo del bolsillo de la chaqueta que encendí inmediatamente. Tras unos momentos de pausa en los que intenté desprenderme de todas las malas sensaciones que uno acumula en un hospital, sobre todo cuando el paciente es uno mismo, comencé a descender observando a un hombre que esperaba al final de la escalera con las manos sujetas a la espalda, confiriéndole un aire marcial. Era Daniel.
– Te dije que no vinieras — le ofrecí como todo saludo al llegar abajo.
– El capitán quería que alguien te acompañase a casa. No lo aceptará en público, pero creo que está preocupado por ti. — respondió sonriente.
– Pues tendrás que acompañarme andando, sólo traje un casco — le dije mostrándole el mío.
– ¿Has venido en la moto? — dijo soprendido — Estás muy débil. ¿Qué harás si se te cae la moto encima?
– Echarme a dormir. ¿Qué quieres que hiciera? …Odio el autobús.
– Podías haberme llamado… joder, Joanna, cualquiera en la oficina te hubiera acercado hasta aquí.
Por unos momentos nos quedamos en silencio. A pesar de que mi cara debería ser tan alagüeña como un ladrillo, él no borraba su sonrisa. Desde que me lo asignaron como compañero había logrado conocerme bastante bien y creo que era el único de toda la comisaría al que no le importaban mi perpetuo cinismo y mala leche. Era un buen compañero, buen policía y sabía ganarse a la gente. Su mujer y su hija lo adoraban, como todo el mundo en la comisaría.
Cuando comenzamos a caminar en dirección a la plaza en donde se hallaba mi motocicleta se encendió el alumbrado público dando al aparcamiento un aspecto triste y desarreglado. Le dí las últimas caladas al cigarrillo y lo apagué con la punta de mi bota. Al acabar Daniel rompió el silencio:
– No deberías fumar… puede producirte…
– ¿Qué? ¿Cáncer? — respondí interrumpiéndole de modo que no volvió a insistir. Sabía perfectamente a qué había ido al hospital y porqué.
Sus ojos se nublaron por la preocupación. Supongo que no se atrevía a preguntarme por miedo a entristecerme o algo así.
– No me dijeron nada que no supiera… ni confirman ni desmienten el cáncer. Seguirán buscando.
Se hizo un silencio incómodo mientras llegamos a la plaza en donde tenía mi moto. Había acordado esperar a Daniel a la salida del parking ya que él tenía el coche un par de calles más abajo. Arranqué la moto tras ponerme el casco y ésta me saludó con su ronroneo profundo y perezoso tan característico. “Me encanta tu voz nena”, pensé al escuchar el sonido de mi Harley Softtail y comencé a rodar lentamente hasta llegar al cruce en el que estaba situado el parking.
Instantes después apareció el coche de Daniel con el rotativo sobre el techo.
– Acaban de avisar por radio. Han disparado a un policía en Woodridge, a unas manzanas de aquí. Han pedido que todas las unidades de la zona se acerquen como refuerzo. — me dijo mientras una voz estridente daba órdenes por la emisora — Ni se te ocurra seguirme. Ve derechita a casa y descansa. Mañana te espero con el coche en tu casa antes de ir a la oficina y te pondré al día con lo que pase aquí.
Encendió la sirena mientras hacía patinar las ruedas traseras durante su arrancada. Woodridge no estaba demasiado lejos, pensaba, podría dejarme caer por allí solo por dar un vistazo. A fin de cuentas, era mi trabajo. Cogí de la alforja la emisora portátil y permanecí unos minutos atenta hasta que una patrulla reportó haber llegado a la calle en cuestión, al momento arranqué mi moto en dirección al lugar.
Había bastante más distancia de la que Daniel me había dicho, pero la moto se desplazaba con agilidad por las calles entre el tráfico y en escasos minutos llegué a una pequeña y sombría calle cortada con cinta policial. En el interior de la zona delimitada por el cordón amarillo había dos coches de policía, una ambulancia y el coche de Daniel. Sin duda era aquí.
Tras aparcar y dejar el casco en la moto, pasé por debajo del cordón en dirección a un oficial de policía entrado en años que se encontraba evitando que los curiosos se acercasen demasiado. Saqué mi placa y me presenté:
– Teniente Joanna Blake ¿qué está pasando aquí?
El agente tomó mi placa y se alejó unos cuantos pasos hacia atrás dando mis datos por radio sin perderme de vista. Instantes después me devolvió la placa.
– Perro viejo.
– Mucho me temo que así es… — dijo el agente con una risa apagada — no sería la primera sorpresa que me llevo.
– Puede decirme ahora qué ha sucedido aquí.
– Por supuesto, teniente. No tenemos todos los datos, pero todo apunta a un intento de secuestro. Vieron a un hombre de raza negra armado llevar casi a rastras a un hombre blanco al interior de ese edificio — dijo mientras señalaba un edificio abandonado tras de si — En cuanto dos agentes que pasaban por aquí le dieron el alto se lió a tiros con ellos. Alcanzó al agente Tennpeny en un hombro y se refugió en el interior. Ahora están dentro el compañero de Tennpeny y el mío, además de aquel inspector corpulento…
– ¿… Daniel Wright?
– Eso es, ¿le conoce, teniente?
– Algo le conozco, sí.
El edificio en que se encontraban había conocido tiempos mejores, sin duda. La mayoría de las ventanas estaban tapiadas con madera y la puerta estaba desencajada. La que antaño había sido una blanca e inmaculada fachada se encontraba en la actualidad surcada de grietas y mostraba los ladrillos desnudos en numerosos lugares… eso sin contar con las pintadas que cubrían por entero la zona de la pared que se encontraba al alcance desde la acera. Alguna era bastante buena, he de reconocer.
Me planté delante de la puerta y saqué de la sobaquera mi Glock-18 que amartillé antes de empujar lentamente la puerta con el brazo izquierdo. La luz que se colaba entre los desvencijados tablones de las ventanas confería al lugar un aspecto siniestro en el que se lograba adivinar bastante bien el contorno de las cosas, pero poco más. Avancé hasta el fondo, en donde se hallaba la escalera que conducía a los pisos superiores e inmediatamente comencé el ascenso, atenta a cualquier sonido y siempre con el arma hacia el frente. Cuando iba a registrar el primer piso escuché dos detonaciones que a buen seguro habían sido disparos en el piso de arriba. Volví a la escalera y la subí lo más rápido que mis débiles piernas me lo permitieron. Al llegar, pegué mi espalda a la pared y avancé hacia la puerta de donde habían surgido los disparos.
Me detuve intentando oir algo y ante el repentino silencio reinante, tomé aire y me planté en el umbral de la puerta dispuesta a descerrejar dos tiros a cualquiera que se me pusiese delante. En frente a mí había un hombre negro de espaldas muy fornido. ¿Fornido? Joder, era grande de cojones, si le doy margen me despedaza, pensé. Al fondo, en dirección al lugar en donde miraba el delincuente, podía ver como uno de los agentes asomaba la cabeza de vez en cuando con el arma en alto intentando encontrar una opción, pero cada vez que sus ojos se topaban con los de él de frente volvía a parapetarse tras la seguridad de la pared.
Todo sucedió en un segundo. Alargué mi brazo, apuntando al centro de su espalda e inmedatamente apreté el gatillo.
El sonido de la detonación se disipó en el aire, haciendo que el casquillo sonase tímido al caer al suelo. Segundos después, cuando mi vista se acostumbró nuevamente a la oscuridad tras el destello del disparo pude ver que no solo no abatí al objetivo si no que se había movido ligeramente, girando el torso, evitando mi disparo y situándolo a él en posición de disparo hacia mi.
Sentí un calambrazo por mi espalda. Estaba en peligro. En serio peligro. Actué de forma inconsciente y mecánica. Rápidamente cambié con el pulgar el modo de disparo de mi Glock a automático y apreté el gatillo sin pensarlo. Inmediatamente comenzó a escupir plomo en dirección de aquel extraño personaje.
Entre destello y destello de cada disparo pude ver al corpulento hombre moverse como en una slow motion pasada fotograma a fotograma. Se movía como un muñeco dirigido por un hábil marionetista. Rodó hacia un lado e inmediatamente saltó hacia atrás en dirección a una ventana sin tapiar. Su cuerpo atravesó sin dificultades el endeble cristal y se precipitó al vacío desde el segundo piso disparando una vez mientras tuvo línea de tiro conmigo.
Estaba totalmente bloqueada, con la pistola humeante en mi mano derecha, estupefacta ante lo que acababa de presenciar cuando sentí un roce casi imperceptible que me abrió una herida en la mejilla. Ardía. No era un cristal, había sido… su disparo. Notaba que un hilo de sangre caía por mi cara cuando me dirigí a la ventana por la que había saltado aquel hombre y para mi mayor, todavía, sorpresa no estaba nadando en un charco de sangre en la acera… estaba corriendo alejándose del lugar.
Saqué el cargador vacío y monté uno nuevo, puse la pistola nuevamente en semiauto y con la pistola cogida con las dos manos apunté conteniendo la respiración.
– Puedes darle. Puedes darle — pensé instantes antes de apretar, una vez más, el gatillo.
Contuve la respiración hasta el final, los segundos parecieron minutos a mis ojos, hasta que vi como el fugitivo trastabillaba hasta casi hacerlo caer de no ser porqué echó una rodilla al suelo antes de perder el equilibro totalmente. Pero inmediatamente se puso de pie nuevamente y continuó su huida hasta que desapareció de mi vista.
– ¿Joana? — dijo la voz de Daniel detrás de mí.
Me di la vuelta y pude verlo sujetando su hombro derecho con la mano izquierda. Salía bastante sangre pero no parecía grave.
– Joder Joana, te dije que no vinieras.
– Yo también me alegro de verte — respondí realmente enfadada — ¿estás herido?
– Sí. Ese hijo de perra nos acorraló ¿Tuviste que disparar desde la ventana? ¿Salió ileso de la caída? ¿Cómo…?
La frustración palpitó en mi cabeza cuando Daniel puso en palabras lo que yo estaba pensando. ¿Cómo puedes salir indemne de una caída de diez metros?, además de que alguien tan grande sea capaz de moverse de esa manera. Descargue quince cartuchos y ni siquiera le rocé, excepto cuando estaba de espaldas y huyendo pude alcanzarle… porque estaba seguro de haber acertado, y aún así…
– ¿Estás sangrando? — dijo nuevamente Daniel.
Me llevé la mano a la cara intentando limpiar la abundante sangre que había salido de la herida.
– No te preocupes, es un arañazo. Las heridas en la cara siempre sangran mucho.
No se si le valió la respuesta o sabía que no estaba de humor para discutir con él mi seguridad personal, pero el caso es que se acercó al secuestrado que se encontraba en una esquina hecho un ovillo.
– Señor ¿se encuentra bien?
El pobre hombre no respondió, solo emitía un leve lloriqueo ansioso, hasta que sus ojos se encontraron con los míos unos pasos más atrás de Daniel. La cara de aquel hombre se transfiguró completamente al verme, de tal manera que creo que nunca he visto tanto terror en un rostro. El hombre intentó arrastrarse hacia atrás para huir hasta topar con la pared, momento en que el lloriqueo dejó lugar a unos gritos de auténtico terror.
– Tranquilo, soy policía — le dije enseñándole la placa, pero era inútil. El hombre continuaba gritando con el rostro desencajado.
– Ve en busca de un médico Jo. Yo me quedaré con él. Rápido, creo que está en estado de shock. — dijo Daniel.
– Ok, ¿los demás están bien?
– Yo estoy bien — dijo el policía que salía de detrás de la pared — mi compañero se quedó en el piso de abajo porque el cabrón le pegó un tiro en un pie. ¿Tenía una puntería pésima, eh?
…
Instantes después me encontraba sentada de lado en el asiento de mi moto mientras la luz ambarina de las ambulancias se mezclaba con los destellos rojos y azules de los coches de policía que llegaron más tarde. Pensaba que la cabeza me iba a estallar si todas las preguntas que me habían surgido alrededor de lo que acabábamos de presenciar seguían martilleándome así. Alcé nuevamente la vista y pude ver que Daniel se acercaba con un café en su mano izquierda. Su hombro derecho presentaba un aparatoso vendaje en el que aún se podía ver una mancha de sangre en la zona del disparo.
– Toma, te vendrá bien.
Le di un sorbo al café en silencio mirando fijamente a ninguna parte.
– A ver cómo le digo yo a Claire que mañana no puedo llevarla al cole– dijo con tono divertido al ver que observaba el vendaje.
– Olvídate de tu hija, peor se va a poner tu mujer cuando te vea — respondí.
– ¿Trisha? Un día de estos me mata… — se echó a reir sonoramente — Sabes… Ese cabrón pudo matarme. Se escondió detrás de una pared y al pasar me golpeó en el pecho tirándome de espaldas, se acercó lentamente a mí, recogió mi pistola del suelo y me pegó un tiro en el hombro. Pudo haberme matado como quisiera, estaba a su merced. Y va y me pega un tiro en el hombro. Después le quitó el cargador. la bala de la recámara y dejó la pistola en el suelo. ¿Que ratero de tres al cuarto no se quedaría con la pistola de un policía?
– Lo sé.
– ¿Qué sabes?
– Que podía habernos matado a todos. Piénsalo. — hice una breve pausa en la que permaneció expectante — Al primer agente le da en un brazo y lo deja fuera de la operación. Al otro en el pie. A tí en el hombro, pero como eres corpulento pensaría que no sería suficiente para contenerte y te vacía la pistola. A mí pudo matarme en dos ocasiones y solo me hizo un rasguño.
– … por suerte — interrumpió Daniel.
– Empiezo a pensar que no fue suerte. Qué quería algo de la víctima. Única y exclusivamente de la víctima… además ¿te has fijado que se ha puesto mucho peor tras rescatarlo? Ese tío tampoco es trigo limpio…
– Qué va… tenías que verte la cara, cuando estás enfadada asustas a cualquiera.
– ¿Va a venir la científica? — respondí ignorando el comentario.
– Ya están de camino… a ver si nos pueden dar algún dato de ese fulano.
…
Minutos más tarde arranqué mi Harley con la convicción de que aquellos hombres, secuestrador y secuestrado, eran mucho más que lo que parecían ser y dejé atrás el lugar, las pruebas y a Daniel. Aquello no había hecho más que empezar.
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Wow! me encanta!!
De veras me gusta mucho!!
Sigue asi!!
Rosy
4 octubre 2010
Gracias Rosy.
Pues si te soy sincero no he estado convencido de la ni de la confección ni de la redacción de este capítulo hasta ahora… aunque ahora no me convenza mucho más… pero bueno,
Me alegra que esté gustando tal y como va yendo.
En el próximo capítulo volveremos al s.XIV a los ojos, mente y cuerpo de Jean Baptiste Aldana
que, como recordaréis acababa en el carromato de Yedael, el alquimista.
¡Os espero por aquí!
[Z]eta
6 octubre 2010
Impresionante, parece que llevases toda la vida escribiendo.
Pues nada, a esperar a los próximos capítulos. Esto promete. Lo malo es que se queda uno con las ganas hasta la próxima entrega. (:
No sabría decir cuál me ha gustado más de los 3 capítulos. Yo creo que tal vez este último.
Javi
7 octubre 2010
Estoy muy de acuerdo Javi en ambas cosas,en cómo ha mejorado su redacción y en que se queda uno con las ganas hasta el próximo capítulo!!!
Saludos
Rosy
7 octubre 2010
Wau..!menudo cambio en el guión, esto si que es un giro inesperado.
Pero me gusta como esta quedando. Me parece un acierto lo de meter flashbacks y feedbacks ya que hacen que te quedes con las ganas de saber que es lo que realmente pasa (a mi me pasó con perdidos, la serie).
Bueno, pues a seguir asi y en espera del cuarto.
Por cierto, ¿Cuántos capitulos van a ser?
s2.
miki
14 octubre 2010