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Capítulo 2. El alquimista de Jerusalén.

(v.2)

Desierto del Sinaí, cerca de Jerusalén. 10 de febrero de 1.308.

Estaba más que claro. Aquellos dos me seguían.

Era la cuarta o quinta vez que detenía mi marcha en el día y aquella extraña pareja hacía exactamente lo mismo. Si yo paraba, ellos paraban. Si retomaba el camino, ellos reanudaban la marcha igualmente. No me seguían para darme alcance, sino para saber a dónde me dirigía. Era evidente.

Respiré profundamente sin apartar la mirada de aquellas dos personas: eran dos jinetes, uno bastante corpulento y el otro más liviano, seguramente armados a juzgar por algunos destellos metálicos que de vez en cuando alcanzaba a ver. Mantenían la distancia, una o dos horas a trote de caballo, ya que las distancias no son obstáculo en el desierto para mantener a alguien vigilado, pero la misma circunstancia me permitía a mí controlarlos a ellos.

Volví a suspirar con resignación y hurgué en mi jubón en busca de algo que llevarme a la boca. Mientras tanto, conducía por las bridas a mi montura hasta un pequeño hilo de agua que discurría velozmente sobre las tierras amarillas que conforman el desierto del Sinaí. Zéfiro, pues así se llamaba mi montura, inmediatamente se dispuso a beber de aquel endeble riachuelo. Mientras se abrevaba, aproveché la sombra que proyectaba en el suelo para sentarme y descansar unos momentos. Dirigí la mirada nuevamente hacia los jinetes y volví a recordar una vez más todo lo acontecido en los últimos meses.

Al final de aquella aciaga noche, pocas horas antes de que rompiera el alba, abracé los restos mortales de mi esposa hasta que me quedé sin llanto. Una vez me separé de ella, la dejé sobre un pequeño altar que había en la cámara y salí de las catacumbas en dirección a la pequeña iglesia de Saint Germain de Charonne, no muy lejos de donde me encontraba. Allí estaría la única persona en la que podría confiar en esos momentos. El párroco de la iglesia, frai Geromme, había sido un antiguo miembro de la Orden hacía muchos años ya, y un gran amigo de mi difunto padre. Él cuidó de mi en el tiempo discurrido entre el fallecimiento de mi padre y mi ingreso en la Orden, a sugerencia suya, como aprendiz de Guillome Duvan.

– Dios los tenga en su gloria — pensé mientras golpeaba con los nudillos la raída puerta de la sacristía.

Segundos después, se oyó una voz al otro lado de la puerta.

– ¿Quién va a estas horas? — era la voz del padre

– Soy Jean Baptiste, el hijo de Marcus Aldana.

Aún no había acabado de pronunciar el nombre de mi padre cuando comecé a escuchar cómo el padre retiraba las trancas de la puerta tan rápido como sus envejecidas manos le permitían.

– Gracias al Cielo estáis vivo. — dijo mientras me abrazaba — En cuanto ví las tropas de su majestad rondando la zona de las catacumbas imaginé que estaban buscando la entrada. Recé por que no estuvierais allí. Dios ha escuchado mis plegarias.

– Me temo que se equivoca, padre, Dios ha querido que estuviese allí y sobreviviese por alguna razón.

– Inescrutables son los caminos del Señor, pues sólo Él comprende de donde vienen, hacia donde se dirigen y por qué nos hace caminar sobre ellos…– el padre hizo una pausa y reparó en mi aspecto — ¿Estáis herido?

Lo cierto era que lo estaba, pero no tanto como aparentaban mis rasgadas y ensangrentadas ropas. Salvo por el corte del costado y, sobre todo, la inmensa llaga que tenía en el pecho, estaba bastante bien para lo que podía haber sido. Por lo menos físicamente.

– Rápido, pasad, no deben veros. Puedo ocultaros uno o dos días, no mucho más, pues cuando estén seguros de que no queda ni un solo Hermano comenzarán a investigar a sus allegados… –hizo una pausa en la que sus ojos se perdieron brevemente en el recuerdo de los tiempos en que perteneció a la Orden– pero será suficiente para que os recuperéis algo.

Frai Geromme me llevó al interior de la pequeña sacristía y me introdujo en un pequeño cuarto sin ventanas en el que había un camastro. A la luz de una vela pude observar que el padre había cambiado bastante desde la última vez que le ví hacía ya ocho años: su espalda estaba severamente encorvada y caminaba apoyándose con huesudas manos sobre un sencillo bastón. Su rostro, antaño rudo y de mirada cargada del orgullo del guerrero, se había cuarteado como el cuero al sol y en sus ojos solo habitaba una mirada visiblemente cansada.

Me señaló el camastro y yo senté en él. Durante el tiempo que restó al alba le narré lo sucedido al padre Geromme, quién no salía de su asombro. Ni siquiera yo podría asegurar si me creía o no. Cuando llegué a la parte en que estuve largo tiempo abrazado al cuerpo sin vida de mi mujer observé que el frai desviaba la mirada. Finalmente, con rostro grave, me dijo:

– Intentaré sanar las heridas más graves, saldré un momento a por unas cosas.

– No me creéis — le dije — ¿verdad?

Pero el padre salió en silencio sin volver la mirada. Al cabo de unos minutos regresó con unas compresas para las heridas, un pequeño frasco con un ungüento y una escudilla con un trozo de queso y un poco de pan.

– Ahora levántate. He de ver esas heridas.

El padre me aplicó un vendaje sobre la herida del costado que, si bien apretaba como el demonio, pronto me hizo notar algo de mejoría. Al llegar a la herida del pecho ambos nos sorprendimos de que, a pesar de su gran tamaño, se encontraba completamente cicatrizada. Tras dar cuenta de un trozo de queso y un poco de pan que el frai me proporcionó, me tendí en el camastro mientras él salía cerrando la puerta tras de sí.

Por fuera.

Me desperté completamente desorientado y empapado en sudor, pues durante el sueño los recuerdos de la pasada noche me asaltaban continuamente. No sabría decir cuánto tiempo había dormido, ni que hora era. Permanecer en una habitación oscura, aislada completamente del exterior es desorientante y hace pienses demasiado. Largo tiempo pasé convenciéndome a mí mismo de que el frai había cerrado la puerta desde el exterior porque quería asegurarse de que nadie, a excepción de él mismo, pudiese entrar en aquel lugar. Pero la duda se había instalado en mi cabeza. Horas después la duda se había convertido en pánico que sólo cesó al escuchar el chirrido característico de la cerradura y ver cómo se abría la puerta.

El padre estaba solo.

– No hay tiempo. Os he conseguido unas ropas que creo que os servirán y un jubón con algunas provisiones. Debéis partir inmediatamente.

– ¿A donde iré? No sé donde están las otras sedes de la Orden…

– Es inútil que les busquéis. Han asesinado a todos los Hermanos y capturado a los maestres. No se rumorea otra cosa en todo París… No, debéis partir lejos, donde no os encuentren y quizá, con la ayuda de Dios, halléis respuestas.

Mis ojos se abrieron de par en par al escuchar la palabra “respuestas”.

– Id a Marsella. Buscad en el puerto una nave con un mascarón de proa descabezado capitaneada por Auguste Roquemande. Decidle que yo os envío y que llego la hora de devolverme el favor que me debe. Os llevará a Tiro, en Oriente, cerca de Jerusalén. Allí esta una de las salas más grandes y ocultas de la Orden, quizá no hayan llegado tan lejos, el infiel amenaza esas tierras y la Orden es buena combatiendo. Llevaos la yegua que tengo atada fuera. Vamos, ¿a qué esperáis?

Rápidamente me vestí las ropas y eché el jubón sobre el hombro. Mientras salíamos al establo el frai me indicó como y donde localizar la sala. Instantes después me hallaba sobre la grupa de la vieja yegua. Antes de partir, añadió:

– Realmente no importa si os creo o no. Lo que importa es que os he criado como si fueseis mi propio hijo. Y si puedo hacer algo por ayudaros, lo haré aunque la vida me vaya en ello.

Quise abrazarle, pero le dio una palmada al animal en sus cuartos traseros y éste comenzo a avanzar a buen paso. Minutos después estaba fuera de la vista del padre y camino a Marsella.
No embarcaría hasta finales de noviembre puesto que el tal Roquemande se encontraba reparando el barco. En cuanto escuchó el nombre de frai Guillome, me llevó a su despacho y me preguntó directamente:

– ¿Huis, verdad?

– Sí, mi señor — no pude evitar bajar la mirada mientras lo decía.

– Muy bien, no hay más que decir. No quiero saber quién sois, ni de qué o quién huis. Mientras estemos en puerto y hasta una semana después de hacernos a la mar permaneceréis oculto en las bodegas del barco. Os llevaremos algo de comida y agua cada mañana y cambiaremos el balde para sus necesidades. Llegaremos a Tiro a finales de año ya que debo realizar una serie de escalas por varios puertos del Mediterráneo. ¿Os place?
Volví a mirarle a los ojos y había una sonrisa en su cara. Su mano extendida se tendía en frente de mí.

– Me place, capitán.

Y le estreché la mano.
Mientras estuve confinado en la bodega, permanecí en un compartimento oculto repleto de arcones que supongo que contenían productos de contrabando. Tras pasar la semana en el mar, salí a cubierta y trabajé como un grumete más y, aunque fui bastante torpe en algunas tareas, pude sumar unas cuantas monedas a las que había obtenido vendiendo la yegua de frai Guillome en el puerto.

A comienzos de enero arribamos a la ciudad portuaria de Tiro. Al desembarcar compré una espada corta y un viejo cáballo árabe que supuse fue un caballo de batalla, ya que su piel oscura estaba surcada por varias cicatrices.
Los primeros días nos fuimos acostumbrando el uno al otro y no logramos avanzar mucho, aunque demostró ser un animal muy inteligente y con una grandiosa resistencia. Poco después el ritmo de la marcha era bueno y creí que, desde aquella noche, podía comenzar a tener buena suerte. Ésta duraría poco: al final de esa misma tarde ví por primera vez a mis perseguidores.

Zéfiro relinchó molesto deshaciendo como por ensalmo mis pensamientos. Le acaricié la ancha frente y, tras guardar algo de agua, volví a subir sobre su grupa dispuesto a reanudar mi marcha.

El lugar al que me dirigía era una de las más importantes salas de la Orden, seguramente la más importante fuera de Francia, ya que su posición, a poco más de un día a caballo de Jerusalén, la convertían en un puesto de espionaje y refugio inmejorable en las épocas en que la Ciudad Santa caía en manos del infiel. No en vano, la entrada había permanecido oculta desde los tiempos en que la Orden fue creada y así debería continuar. Era imperativo perder de vista a mis perseguidores.

El día fue pasando y a media tarde reparé que algo desviado de mi rumbo se alzaba una pequeña montaña rocosa por la que discurría un tortuoso camino y me dirigí a ella. Al llegar al inicio de la subida comencé una lenta y progresiva ascensión por un camino pedregoso y abrupto que sería díficil de recorrer incluso a pie. Llegué a la cumbre al anochecer, pero todavía con suficiente luz como para ver a los jinetes comenzando el ascenso. Acaricié el lomo de Zéfiro y le pedí disculpas por lo que íbamos a hacer y lo lancé al galope tendido descendiendo la otra falda de la montaña. Durante aquel tiempo mientras sorteabamos piedras, grietas y agujeros seríamos invisibles a ojos de aquellos jinetes teniendo una oportunidad de desaparecer. No llegaríamos a la llanura hasta ser noche cerrada.
Descendí de Zéfiro y tras agradecerle el esfuerzo oculté en las alforjas todo objeto metálico que pudiera emitir un destello que les volviese a indicar mi posición. Seguí cabalgando toda la noche, primero bordeando la montaña y después retomando mi curso original.

A la mañana siguiente comprobé con satisfacción que había perdido el rastro de mis perseguidores. Animado por la fortuna, lancé a Zéfiro al galope esperando conservar la ventaja.
Varias pausas después para dar el merecido descanso a Zéfiro alcancé mi destino: Una gruta se abría ante mi en la falda de una colina. Lo cierto es que el lugar era inmejorable. La entrada de la cueva se encontraba detrás de otras pequeñas formaciones rocosas, así que desde la planicie del desierto no era posible observarlas, pero incluso a escasos metros de ella, unas rocas la cubrían lateralmente creando el efecto de que allí no existía camino alguno. A mayores la zona estaba completamente plagada de entrantes y cuevas de todo tamaño haciendo, todavía si cabe, más díficil su hallazgo.
Entré con Zéfiro de la mano hasta que estaba seguro de que sería imposible verlo aunque alguien asomase la cabeza en la entrada y lo até a una roca. Encendí una tea y comencé el descenso por los pasillos, cruces y grutas que se abrían en las entrañas de aquel laberinto.

Durante un buen rato creí haberme perdido y cuando estuve a punto de dar la vuelta para reorientarme, me pareció ver un destello de luz en la lejanía. Caminé en aquella dirección apagando la tea cuando estuve lo bastante cerca como para ser ténuemente iluminado por aquella luz. Asomé la cabeza por una esquina y pude comprobar que el otro lado del pasillo se encontraba iluminado y, con sumo cuidado comencé a recorrerlo intentando pasar desapercibido. A medida que avanzaba y la luz bañaba mejor la superfice de las paredes pude comprobar que tanto éstas como el suelo tenían dibujados extraños símbolos. Grupos de cuatro líneas, agrupadas dos a dos dejando un amplio espacio central, recorrían longitudinalmente el pasillo. En el espacio entre las líneas había multitud de símbolos alguno de los cuales pude reconocer: el símbolo astronómico de Marte, los simbolos zodiacales de capricornio y libra y otros muchos como triángulos con una cruz en uno de sus lados o sucesiones de triángulos sencillos. En el interior del hueco dejado por las líneas más próximas y también por el lado exterior había símbolos como los que había visto en la gran bóveda cuando estuve encadenado. ¿Qué significaba todo esto?

Un fogonazo de color ambarino me interrumpió. Me agazapé, desenvainé la espada y me acerqué lentamente a la sala. Allí pude ver un hombre, judío a juzgar por su túnica de listones amarillos y rojos, que se encontraba de rodillas escribiendo en el suelo. Más atrás, un numida de dimensiones colosales con una tea en la mano estaba encendiendo las antorchas del lugar. Para cuando el negro hubo encendido la última de las antorchas, el judío se levantó y dio un paso hacia atrás mientras musitaba unas palabras. Tras ello lanzó una pequeña piedra al lugar sobre el que estaba arrodillado y cuando ésta impactó contra el suelo el destello ambarino volvió a surgir. Al desaparecer aquella extraña luz, habia una pequeña montaña de polvo amarillo enfrente de sus pies.
El judío comenzo a hablar. No sabía con seguridad si se dirigía al otro hombre o pensaba en voz alta. Finalmente, el otro le puso una mano en el hombro mientras señalaba en mi dirección. Me oculté rápidamente en la oscuridad del pasillo. Sentí como el judío me decía algo pero no entendía su extraña lengua.

Permanecí observándolo durante unos instantes, ambos permanecían en el mismo lugar y me pareció que el judío estaba probando a comunicarse conmigo en diferentes idiomas.

– ¿Señor? Señor, salga por favor, no le haremos daño. — oí finalmente en un francés marcado con un fuerte acento.

Había viajado durante meses. Había llegado hasta allí. ¿Qué iba a hacer ahora? ¿Huir? No podía permitírmelo. Todavía con mi espada desenvainada salí de la oscuridad del pasillo y situándome en el límite de la puerta mi voz sonó atronadora al ser reverberada por la magnitud de la sala:

– ¿Quién sois vos? ¿Qué hacéis aquí? ¿Dónde están los Hermanos?

El judío sonrió. Hasta ahora no había logrado contemplar sus facciones claramente. Se trataba casi de un anciano, muy delgado de barbas grises. Su pelo rizado y del mismo color que la barba se encontraba cubierto por un pequeño gorro a juego con la túnica. Llevaba un saquito de cuero negro colgado de la cuerda que llevaba por cinturón. Su expresión resultaba tranquilizante y no parecía ni sorprendido ni amenazante. Finalmente dijo:

– Cuántas preguntas a la vez, hijo mío. Si buscas respuestas y queréis comprenderlas, mejor debéis ir poco a poco. Me llamo Yedael y este hombre es Auli. Estamos aquí buscando algo y cuando hemos llegado ya no había nada ni nadie. Ahora, por favor, envaina tu espada.

El tono en que me lo dijo fue amable y nunca borró la sonrisa de su cara, pero el negro que le acompañaba y el enorme hacha que portaba a su espalda fueron todavía más convincentes. Envainé mi espada y me acerqué despacio al lugar en donde se hallaba el judío.

Cuando me acerqué pude observar claramente que el hombre había estado dibujando círculos, con símbolos similares a los que había en el pasillo en su interior. Inmediatamente caí en la cuenta de qué significaban aquellos dibujos circulares.

– ¿Sois un alquimista? ¡Hereje! — Bramé echando nuevamente mano al pomo de mi espada.

El numida hizo ademán de agarrar su hacha.

– Tranquilo Auli, no es necesario. — el negro no presentó su hacha, pero tampoco soltó la empuñadura a su espalda — ¿Por qué?

– ¿Por qué qué? — semejante reacción me dejó perplejo

– ¿Por qué me decís hereje? A fin de cuentas yo ya pertenezco a otra religión. Es por la alquimia o porque nací judío.

– Los alquimistas… destrozáis lo que Dios nos da. Nunca nos enseñó nada relativo a la alquimia. Sois almas condenadas por pactar con el maligno. Solo eso puede explicar cómo hacéis lo que hacéis y porque apestáis siempre a azufre.

– Lo que os enseñó. Ya veo… ¿sabéis acaso porqué sois cristiano?

– Porque somos la iglesia del Señor. Porqué Él es el creador y único Dios.

– Ya veo, poderosas razones observo. ¿Y si hubieseis nacido en esta tierra? ¿Seriais cristiano?

– Por supuesto, nunca seré un infiel.

– Error. Sois cristiano porque os han educado a serlo. ¿Habéis tenido vos alguna revelación? ¿Presenciado algún milagro? ¿Acaso se os ha presentado algún santo, la virgen o cualquiera de las entidades en las que vos creáis?

– No — admití — pero eso es el significado de la Fe.

– ¿Fe? ¿Decís fe? Si vuestro señor Jesucristo naciese hoy de nuevo, estoy seguro que le condenaríais a morir en la hoguera por hereje.

– ¿Como osáis…? — respondí, pero el judío me interrumpió.

– Él os dijo no mataréis. Y han muerto millares bajo vuestra espada en su nombre. Él dijo amad a vuestro prójimo como a vos mismo, y sin embargo aquí estáis dispuesto a atravesarme con vuestro acero. Quemáis a quien intenta comprender, aprender, asimilar el cómo vuestro Dios hace funcionar al mundo. Erráis a cada paso en sus enseñanzas. Sois fanáticos, sois viles y fiel reflejo de lo qué decís que Él no desea.

Las palabras del alquimista resonaban en mi cabeza violentamente. Comencé a sentir calor. Apenas conseguía pensar claramente. Aquel hombre estaba intentando destruir todo en lo que yo creía. Era el diablo quien hablaba por su boca. Debía hacerlo callar. El infiel debe convertirse o morir.

Estaba a punto de sujetar mi espada de nuevo cuando lo sentí otra vez. La cicatriz en mi pecho latía con fuerza y comprendí que debía calmarme. Me pasé la mano por la frente retirando el sudor que allí había surgido. Respiré profundamente y comencé a hablar.

– Vuestro pueblo, condenó al hijo de Dios en la Tierra. Sois un pueblo maldito y nunca vereis el Reino de los Cielos.

– ¿También condenaríais al hijo recién nacido de un asesino a morir en la hoguera por ser hijo de quién merece el castigo? — dijo burlonamente, pero antes de que pudiese replicar continuó — Además, ¿no os enseñó a poner la otra mejilla?

– Él nunca dijo que no existiesen leyes.

– Pero… — comenzó a decir, pero le interrumpí.

– No sé a donde queréis llegar. Realmente lo ignoro, pero veo que os divierte. No negaré que con sumo gusto atravesaría vuestro pecho con mi acero, pero no lo haré ya que tenéis razón. Los hombres son hombres, imperfectos y débiles y muchos de ellos se han equivocado. Debería ser Dios quién castigue al infiel así que yo no lo haré. Pero vos… vos y vuestro compañero no sois para mí más que serpientes que se arrastran sin alma ni más deseo que envenenar al prójimo.

El judío dejó de sonreír. Puede que mis palabras surgieran efecto, aquellos hombres ya arderían como deben en el infierno. Quizá el Señor me había puesto a prueba, quizá…

– Superbia peccatum — dijo una voz grave en latín, interrumpiendo mis pensamientos. Provenía de la entrada de la sala.
Me giré y observando por encima del hombro pude ver a un hombre de espaldas anchas y robusto. Vestía una cota de cuero que le cubría el torso y llevaba una espada en la mano izquierda. Su rostro totalmente inexpresivo miraba a través de unos ojos oscuros como las entrañas de la Tierra. Alzó una mano e hizo chasquear los dedos.

Al instante un segundo corte se emplazó paralelo a la cicatriz soltando violentamente un chorro de sangre que alcanzó en las ropas al alquimista. Caí de rodillas, todavía con la cabeza girada viendo a aquel personaje. El dolor atenazaba mi cuerpo, desde la espalda hasta mi cabeza subiendo por la espina dorsal.

– Arymaili tenía razón. Tenéis prisa por arder en el infierno.

El alquimista avanzó interponiéndose entre el extraño y yo.

– No sé quién sois vos, señor, pero mis viejos ojos han visto lo suficiente como para saber que no sois el dueño de ese cuerpo.
Desde el suelo pude ver cómo el hombre se disponía a avanzar con la espada en alto, pero el judío le interrumpió.

– Antes de dejarle hacer lo que ha venido a hacer, permítame decirle algo. ¿Puede ver esos símbolos alrededor suya? — el extraño miró los símbolos que yo había visto antes.

– ¿Y qué con eso, alquimista?

– ¿Así que os disteis cuenta?, le felicito por ello señor. Eso facilita bastante las cosas. Observad la pared: Los triángulos cruzados, Marte, Capricornio, Libra, los y la sucesión de ocho triangulos simples apuntando hacia arriba, todo ello dispuesto en línea… Azufre, Hierro, Putrefacción, Sublimación y fuego, mucho fuego. ¿De verdad creéis que desaparece una poderosa Orden militar de la noche a la mañana y estaríamos aquí desprotegidos?

Al acabar de decir la frase, el alquimista lanzó una pequeña piedra amarilla que juzgué una pepita de oro. Mientras caía el extraño abrió los ojos de par en par.

– Excelente señor, sois observador: Vais a explotar.

Los segundos se convirtieron en minutos, pude ver la caída de la piedra con todo detalle y, cuando esta tocó el suelo, una violenta llamarada surgió desde el lugar en donde se encontraba. Agitó violentamente los brazos mientras el fuego consumía su cuerpo, cayó arrodillado y su espalda se encorvó violentamente hacia atrás. Finalmente hubo un poderoso fogonazo de luz rojiza que al desvanecerse dejó solamente las ropas carbonizadas del sujeto y la espada que portaba.

Cerré los ojos y me dejé llevar por el dolor que ardía en mi pecho.

Abrí los ojos. Me encontraba tumbado, boca arriba, y podía ver mis pies. Si no los estuviese viendo con mis propios ojos diría que no eran míos pues eran pequeños, blancos y huesudos. No podía mover la cabeza, pero podía ver que me hallaba en un túnel o agujero rebosante de luz.

“¿He muerto?”, pensé, “He muerto y mi alma está llegando al Reino Celestial”

De pronto una sucesión de violentos golpes sonaban desde ninguna parte inundándolo todo. Eran rápidos, cadenciados y poderosos. Después vendría un silencio que duraría unos segundos, ya que los golpes volvieron a sonar instantes después con una cadencia más baja pero muchísimo más violentos.

No conocía nada que sonase así… eso no podía provenir del Cielo, eso no…
“No quiero ir al infierno, no quiero ir al infierno, ¡Señor! ¡Señor! ¡Perdóname!”, intenté gritar desesperadamente

Abrí los ojos de golpe. Mi cuerpo estaba completamente sudado, mi corazón estaba desbocado y mi respiración era jadeante. Miré en derredor mía y pude ver que me encontraba sobre un lecho de paja situado en un carro en movimiento.

– Al fin despertáis — oí decir al alquimista sentado a mi cabeza. — Os desmayasteis.

– ¿A donde me lleváis?

– A un lugar seguro. — sentenció, antes de volver a mirarme con ojos penetrantes — Decidme…

…¿qué habéis visto?

  • Ayyyyyyyyyyyyyyyyy que intriga el final!!!!
    Me gusta cómo redactas, has mejorado mucho!!
    Saludos!! ;)

    Rosy

    16 septiembre 2010

  • Coincido con Rosa, como has mejorado en la redacción!!

    Se va poniendo interesante ahora que entra un alquimista en acción.

    Solo un par de detalles que no tienen mucha importancia.

    1. Supongo que en el año 1300 aún no existía el contrabando ya que no existían las aduanas.

    2. Corrige la palabra desmayasteis.

    Sigue asi. A la espera del tercer capítulo.

    s2! ;-)

    miki

    17 septiembre 2010

  • Me autocorrijo yo mismo ya que las aduanas si que son muy anteriores al 1300. Ya en época de los romanos había aduanas, por lo tanto si que había contrabando.

    Gracias Zalo por el enlace.

    S2!

    miki

    17 septiembre 2010

  • Jajajaja, jopé, no hacía falta que te retractases públicamente…
    si lo sé no te digo nada. Jajaja.

    De todos modos al ser textos rápidos, ya que la intención segunda de esta serie es coger soltura al escribir y acabar haciendolo relativamente rápido, estarán peor documentados ya que tampoco tengo mucho tiempo para ello. Irremediablemente meteré el zueco una y mil veces.

    Así que, vaya por delante, gracias por las ayudas, correcciones y opiniones.
    :)

    [Z]eta

    17 septiembre 2010

  • Miki, capullo, no sólo había aduanas sino que incluso se pagaba por entrar en cualquier pueblo de interior con las mercancías.
    De penitencia 3 padrenuestros y 2 avemarías. Ah no!, que ya te has retractado. Umm, bueno, lo dejamos en un padrenuestro. :)

    Javi

    7 octubre 2010

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