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Minientrada

Capítulo 1. Ira.

(v.1)

París. 13 de octubre de 1307.

Poco a poco mis ojos se fueron acostumbrando a la penumbra reinante en la gran estancia. Tan sólo una docena de antorchas dispuestas en círculo en el centro de la habitación evitaban que ésta fuese completamente engullida en la oscuridad. Sabía que se trataba de una bóveda porque así me lo había indicado mi maestre, Guillome Duvan, antes de conducirme por los laberínticos pasillos de las catacumbas de París. ¿Quién iba a siquiera pensar que en las entrañas de la capital del reino habría semejante estancia?

Cuando por fin me acostumbré a la oscuridad de la sala, pude observar que el suelo combinaba zonas arenosas con grandes losas de piedra gastada por quién sabe cuantos años de caminar sobre ellas y que entre antorcha y antorcha había un caballero con la mirada baja y una rodilla en el suelo un par de metros por fuera del círculo descrito por las teas. Seguimos internándonos en la estancia hasta alcanzar el borde de aquel círculo ígneo. Mi maestro se detuvo un par de pasos antes que yo y adoptó la misma postura que los demás caballeros. Inconscientemente, al verlo arrodillado, también inqué mi rodilla en la arena.

– ¿Se puede saber qué hacéis? — me recriminó en voz baja — Creí que ya lo habíamos repasado varias veces, caminad al centro del círculo.

Sus palabras actuaron como un resorte en mi cuerpo y rápidamente me puse en pie y, no sin cierto temor, comencé a adentrarme en el círculo iluminado. Una vez allí parecía que me encontraba en una losa de piedra suspendida en ninguna parte, ya que no podía ver nada más allá de las antorchas.

Instantes después, una voz, grave y fuerte, rompió el silencio:

– Hablad, en nombre de Dios — me ordenó la voz.

Tragué saliva y cuanto miedo pude, hasta que al fin dije con un hilo de voz

– Señor, me presento ante Dios, ante Vos y ante los Hermanos y os ruego, que en nombre de Dios y de Nuestra Señora, me admitáis en vuestra Orden, para ser de ahora en adelante su siervo y esclavo.

Hermano, mucho pedís, ya que lo que veis de la Orden será lo que se espere de vos… Meditad, hermano si podréis soportar tantas durezas — respondió la voz.

Sabía que la Orden era temida por sus enemigos, pero también por sus amigos: Reyes, clero y nobles la miraban con recelo dado que cada vez era mayor, más fuerte, tanto a nivel militar como económicamente. Incluso había oído que nuestro rey, Felipe IV, tenía grandes deudas con la Orden. Eso significaba la posibilidad de sufrir represalias desde cualquier bando. Aún así no dudé un segundo en responder:

Las sufriré todas, con la ayuda de Dios.

Se hizo el silencio nuevamente, oía como el gran Maestre daba algunos pasos por la estancia. Finalmente, volvió a preguntar desde la oscuridad.

¿Sois Caballero?

– Si, mi señor.

¿Estáis sano de cuerpo?

– Si.

– ¿Estáis casado?

– No.

¿Lo habéis estado?

– Sí. Dios reclamó a mi esposa para sí hace ocho años.

¿Habéis pertenecido a otra Orden?

– No.

¿Tenéis deudas?

– No.

El ritual estaba a punto de concluír. Mis largos años de servicio tenían su fruto: al fin sería un hermano de la Orden del Temple. La voz se alzó atronadora, la sentía golpear mis oídos como si una enorme maza golpease las paredes de la bóveda.
¿Prometéis a Dios y a Nuestra Señora, que de ahora en adelante y durante todos los días de vuestra vida, obedeceréis al Maestre del Temple y a los que sean vuestros superiores?

– Lo prometo.

¿Prometéis a Dios y a Nuestra Señora, que de ahora en adelante y durante todos los días de vuestra vida, viviréis castamente?

– Lo prometo.

¿Que viviréis sin nada propio?

– Lo prometo.

– ¿Que respetareis lo buenos usos y costumbres de nuestra casa?

– Lo prometo.

¿Que ayudareis a conquistar la tierra Santa de Jerusalén?

– Lo prometo.

– ¿Que no abandonareis esta Orden?

– Lo prometo.

– Entreguen a nuestro hermano el manto blanco que lo ordena como caballero, la cruz del temple identificará su fe ante el mundo y la espada con la que derrotar a los enemigos de la cristiandad.

En ese momento, un caballero entró en el circulo, me ciñió la capa al cuello y me colgó la pesada cruz. Finalmente presentó el pesado mandoble clavando su punta en el suelo frente a mí formando el símbolo de la cruz de Cristo. Al finalizar, la voz prosiguió:

– Levantaos, hermano caballero. — dijo el gran Maestre.

Me levanté y tomé la espada.

Segundos después pude ver como la silueta recortada del maestre se dirigía hacia mí. Mi maestre me había dicho que la ceremonia finalizaba con un beso del gran Maestre que significaba que me consideraba su hermano, así que supuse que se dirigía a mí con esa intención. Pero cuando se encontraba a un par de pasos de distancia, a punto de entrar en el círculo en el que me encontraba, un destello metálico y chasquido seco provinieron de su dirección. Segundos después el gran maestre cayó de rodillas al suelo entrando en el círculo iluminado. Su cuello estaba surcado por un corte muy profundo del cual manaba una gran cantidad de sangre. Sus ojos, completamente abiertos, parecían no comprender qué sucedía e intentaban suplicarme ayuda. Su boca se abrió intentando decir algo, pero de ella sólo salía el gorjeo de quienes se están ahogando en su propia sangre. Finalmente, sus ojos se apagaron y cayó al suelo causando un sonido sordo, como si alguien dejase caer un gran fardo.

En el momento en que los demás hermanos se percataron de lo que sucedía y antes de que ninguno pudiese siquiera desenvainar, una voz de mujer irrumpió en la estancia:

– Hola, chicos. Os habéis escondido bien, lo reconozco… pero el lugar es perfecto para vosotros. Las ratas han de estar en las cloacas.

La voz que sonaba unos cuantos metros enfrente de mí removía sin cesar los recuerdos en mi cabeza. Conocía esa voz, me resultaba muy… familiar.

Alcé mi espada todavía en mi mano, dispuesto a cruzar el acero sobre aquella figura oculta en la oscuridad. Cuando, de repente, la voz surgió a mi espalda con un tono burlón.

– Cariño… siempre te lo dije. Haces un montón de ruido.

A continuación sentí un golpe en la nuca y la oscuridad se apoderó de mi mente.

Para cuando logré despertar la estancia abovedada estaba completamente iluminada por una luz azulada. Estaba tendido en el suelo, boca arriba, admirando la increíble altura que tenía la bóveda y los increíbles grabados que recorrían las paredes. Parecían letras, pero no lograba entender una sola palabra.

– No te esfuerces, no lo comprenderas ni en mil años. Es enochiano. Una decoración bastante sosa, por cierto.

Al escuchar de nuevo aquella voz femenina, los recuerdos se agolparon en mi cabeza y recordé lo que estaba sucediendo. Cuando intenté incorporarme me percaté de que tenía grilletes en tobillos y muñecas que prácticamente impedían cualquier movimiento por mi parte. Giré la cabeza y pude verla: tez clara, larga melena morena, ojos avellana, su aspecto frágil, … su sonrisa…

– Tú… No puede ser… estás… –no era capaz de poner en palabras lo que mis ojos estaban viendo.

– ¿Muerta? No, cariño, no… — se acercó a mi y se agachó para decirme al oído — aquel incendio no fue suficiente para acabar algo como yo.

– ¿Quién…  …quién eres tú?

– Arymaili, para servirte. — dijo haciendo una reverencia burlona.

– ¿Dónde está mi mujer? ¿Qué has hecho con ella, maldita?

– Modera tu lenguaje… ella podría sentirse ofendida, a fin de cuentas ella también está aquí — dijo dandose golpecitos con el dedo índice en la sien — pero hace muchos muchos años que no es ella quien te habla… pero tú no te diste cuenta ¿verdad…?

– ¿Por qué?

– Por tí, claro está.

– ¿Qué quieres de mí?

– Muchas cosas, querido. Para ser exactos siete cositas… pero luego te dejaré la lista de tareas pendientes, al lado de los mensajes que tu mujercita quiere darte.

No entendía nada. Era mi mujer, mi Teresa… quien estaba de pie enfrente de mí. Juro que si tuviese las manos libres lo primero que hubiese hecho sería la señal de la cruz. Había muerto, ella y mi hijo, calcinados en un incendio que me quitó todo lo que yo amaba y tenía. Por eso quise ingresar en la Orden. Pero hablaba como si alguien estuviese en ella… como si estuviese…

… poseída.

– Vaya, parece que al fin te has dado cuenta… — dijo ella.

– ¡Maldita! ¡Maldita seas! ¡Déjala libre! — comencé a gritar tironeando salvajemente de las cadenas que me mantenían preso.

– Te lo dije: haces mucho ruido. Cálmate, cariño, ella está bien, pero será libre cuando a mí me plazca.

– Déjala, tomame a mí… — sollocé — llevate mi alma si quieres, pero déjala ir.

Ella volteó de repente y me lanzó una sonrisa cargada de malicia

– ¿Tu alma? … a ver… ¿para qué querría yo cambiar tu alma por algo? Al fin y al cabo nos la entregarás tú solito… llegado el momento.

La sangre comenzaba a agolparse en mis sienes, estaba jugando claramente conmigo. Si quería sacarme de mis casillas estaba lográndolo ampliamente.

– ¿Quieres a tu mujercita libre?…

– Sí…

– ¿De verdad? ¿de la buena?

– Por favor… no me hagas esto, libérala, te lo suplico…

Ella comenzó a caminar alrededor mía, parecía estar musitando algo, como si pensase en voz baja. Finalmente me clavó su mirada y dijo.

– Mátame. Vénceme en un combate. Si eres capaz siquiera de hacerme un rasguño, la dejaré libre.

– ¡Mientes!

– Oye, por quién me tomas. Sabes lo que soy, pero aún así tengo mi corazoncito — hizo una mueca triste mientras hablaba–. No miento. Es más divertido ver la cara que se te queda al decirte la verdad.

– ¿Soltarás a mi mujer?

– Soy un demonio, amigo, y esto un pacto. Ten por seguro que lo cumpliré, son las normas. Tu mujer será libre si logras alcanzarme.

Chasqueó los dedos y las cadenas se soltaron. Recogí mi espada del suelo y dediqué unos instantes a observar la escena. Esa… cosa estaba enfrente de mí, a un par de pasos. Algo más atrás había dos hermanos del temple, de pie sin inmutarse ¿estarían de su lado? Detrás de mi otros dos. Tenía que ser rápido, no sabía con quién estaban así que no podía arriesgarme a que intervinieran.

Tomé aire y me lancé al ataque.

Le envié una estocada directamente al hombro. Fuerte, rápida y directa. Pero ella giró el torso y la espada pasó de largo. A causa del impulso que llevaba no pude detenerme a tiempo y mi cuerpo se aproximó demasiado al suyo. Cuando estuve a su altura, se dejó caer hacia atrás lanzándome una patada que me alcanzó en el estómago.

Solté la espada y caí de rrodillas abrazándome el cuerpo con los dos brazos.

– Oh vamos, tu mujer tiene puestas sus esperanzas en tí… y tú solo haces esto.

Me levanté pesadamente, recogí la espada y recuperé la postura de combate.

– Es rápida. Muy rápida — pensé — no puedo dejar oberturas o me matará si encajo mal otro golpe de este calibre.

Lo volví a intentar. Lancé una sucesión de estocadas cortas continuándolas con cortes en círculo hasta volver a la posición inicial. Así no podría atacarme. De hecho la hice retroceder un par de pasos, hasta llegar a la altura de uno de los templarios. Ella le sacó la espada de las manos y comenzamos a cruzar estocadas.

– Vamos, vamos… que mierda de soldado estás hecho. Vamos o tu mujer se quedará eternamente conmigo.

Poco a poco notaba como la rabia ascendía por mi cuerpo. Cada vez lanzaba mandobles más poderosos y ella se limitaba a esquivarlos o bloquearlos como si nada. Minutos después, el cansancio, la ira y la frustración por no lograr ayudar a mi mujer se mezclaban a partes iguales en mi interior. Ya no pensaba. Ya no miraba. Ya no tenía cuidado en defenderme. Solo veía su sonrisa burlona y su mirada oscura. El corazón latía tan desbocadamente que sentía cada latido como un martillazo en mi cabeza.

Volví a lanzarme al ataque. Volvió a esquivar.

Y lo intenté de nuevo. Lo bloqueó. Y así una y otra vez. Hasta que en uno de ellos me devolvió el golpe. Ataqué desde la izquierda, de abajo a arriba y, ágil como un gato, rodó sobre su pierna de apoyo y durante el giro me hizo un corte rápido y doloroso en el costado.

Lancé la espada al suelo con rabia desatada. Grité de dolor. Grité de angustia. Grité hasta desgarrarme la voz. Hasta que ella se puso en frente de mí. Ciego de ira, la cogí por el cuello y la empuje hasta una pared. Con la otra mano le quité la espada de la suya propia y hundí su espada en su estómago hasta escuchar como la punta de la espada entraba através de alguna de las rendijas del muro que tenía a su espalda. Aún no había dejado de hacer fuerza contra ella cuando la voz de Arymaili sonó detrás de mi cabeza.

– Lo has hecho muy bien. Me has alcanzado. Por cierto, tan solo un detalle. La mujer que está clavada a la pared… es tu mujer. La dejé libre en cuanto la punta de la espada me tocó tal como prometí…  pero ¿tú que has hecho? ¿has matado a tu mujer?

No podía ser cierto. Giré la cabeza y no ví mas que una sombra borrosa desde la que surgía la voz. Miré al cuerpo que tenía delante mío. Jadeaba ligeramente. La muerte se la estaba llevando.

– No… no… Teresa, no…

Un hilo de voz surgió de mi mujer…

– Ten… cuidado… ellos te quie… ren. — y su voz se apagó para siempre.

Rompí a llorar, abracé su cuerpo inerte todavía clavado en la pared. Grité.

Me dí la vuelta y vi como ahora los templarios se dirigían a mi con sus espadas en alto. Recogí mi espada del suelo y descargué mandobles a un lado y a otro cercenando el brazo de uno, y abriendo un tajo en abdomen a otro que se desplomaron en el acto. El tercero llegó a mi y me alcanzó en un brazo. No sentí nada. Me acercé y le hundí la hoja hasta que la empuñadura alcanzo su pecho. Lo dejé caer al suelo con la espada clavada y cogí a suya mientras estaba aún cayendo. Giré en dirección al cuarto. Estaba desarmado. Pero pude ver la oscuridad en sus ojos también. Me dirigí a el y alcé mis brazos para asestarle un mandoble. De pronto, una sombra pareció salir proyectada desde detrás suyo y desvanecerse. La mirada del templario se torno amedrentada, cayó de rodillas implorando clemencia.

Descargué la espada con toda la fuerza que pude reunir.

Instantes después estaba de rodillas, rodeado de los cuerpos sin vida de mi esposa y de mis hermanos del temple. Manchado con su sangre. Respiraba costosamente, el corazón parecía salirseme por la boca cuando de repente sentí un latigazo, feroz y profundo en el pecho. Me retorcí de dolor y me llevé las manos al pecho. Mis ropas estaban rotas. Tenían un tajo vertical en el lado izquierdo del que se veía una herida salvajemente profunda. ¿El latigazo había sido real? Me preguntaba mientras miraba mis manos ensangrentadas.

– Ira. — dijo Arymaili desde algún punto de la sala que no pude identificar — has cometido el pecado de la ira y por ello debes ser marcado. Buen trabajo.

– ¿Ira? Entonces todo lo de antes…

– Si. Era para que cometieras el primero de los siete pecados capitales. Verás algún pez gordo quiere que los cometas, a saber porqué. Y desde que te he puesto los ojos encima no has tardado media hora en cometer el primero. Tú tienes madera, chico.

– No… no jugaréis más conmigo. Ya me habeis quitado bastante. No pienso seguiros el juego, antes me quitaré la vida.

– ¿Para qué? ¿Piensas que irás al cielo? No, cariño, no. Te vendrás con nosotros y te plantaremos aquí de vuelta.

– ¡No lo haré! No os voy a seguir el juego.

– Sí que lo harás. Te lo acabo de decir. No morirás. Quizá no lo hagas en los próximos diez o veinte años… pero ¿dentro de cincuenta? ¿o de cien? ¿quizá cuando hayas enterrado a tus nietos o bisnietos? Sí lo harás… llegará un día en que te consuma la desesperación, que no verás otra salida… y lo harás. Y ese día, nos volveremos a ver, Jean Baptiste Aldana.

Y mientras mi nombre todavía reverberaba en la gran bóveda la voz desapareció.

  • Hola.

    No se porqué no había posibilidad de añadir comentarios. Ya lo he arreglado.

    Espero que os gustase el texto, el primer capítulo de una especie de “serie” que quiero hacer…
    ¿Por qué lo hago? Bueno, por muchas razones: quiero coger soltura a la hora de escribir, quiero acostumbrarme a hacerlo rápido, por poner en práctica técnicas que he ido leyendo por ahí, para que este blog tenga más contenido para vosotros, bueno, por muchas muchas razones.

    Eso sí, no se dejará de escribir las cosas que me pasan ni dejaré de lado mi novela… asi que tranquilo el personal ;-)

    Ojalá disfruteis tanto su lectura como yo su redacción.
    Un abrazo

    [Z]eta

    31 agosto 2010

  • Más, más!!!!
    Cuándo sale el próximo capítulo?????

    Me gusta mucho, mucho!!!!

    Saludos a tod@s!!!

    Rosy

    31 agosto 2010

  • Se notan las influencias de “broken sword” y “supernatural” pero el resultado mola. Además como bien dices es lo mejor para coger soltura a la hora de escribir y proseguir con tu gran proyecto.

    Bueno, estoy deseoso de que llegue la semana que viene para seguir las aventuras de Jean Baptiste Aldana.

    Nos vemos!

    miki

    31 agosto 2010

  • A mi me gusta mucho, la historia es muy interesante y la redacción es fantastica!! :D

    Para cuando sale el siguiente capítulo?? era la semana que viene, no?? :D .

    Ciaooo

    Montse

    2 septiembre 2010

  • Holas

    Muchas gracias por el comentario, me alegra mucho saber que os gusta lo que escribo

    Con respecto a la frecuencia de publicación no sabría que deciros… Tengo más o menos en la cabeza los próximos dos episodios, al menos en líneas generales, pero supongo que el ritmo creativo no siempre será así, así que creo que tengo que administrar más en el tiempo la historia. Además ¡mi blog debe continuar! Supongo que intentaré tener un capítulo cada dos semanas.

    Un abrazo grande.

    Pd: me gusta tu gravatar… :)

    [Z]eta

    2 septiembre 2010

  • Muy guapo el primer capítulo. Una pregunta: El prota lleva toda la historia muerto? Jeje. Es broma. En serio, felicidades. Ahora leeré el siguiente capítulo.

    Breo

    28 septiembre 2010

  • ¡Gracias Breo!

    Me hace mucha ilusión verte por aquí… :D

    [Z]eta

    28 septiembre 2010

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