Capítulo 7. Lágrimas de un alquimista.
Comienzos de mayo de 1.309
El silencio de la sala me causó un extraño estremecimiento. Hacía unos minutos la urgencia y la desesperación, en particular de Yedael, hizo que aquellos minutos se pareciesen más a largas y revueltas horas. Ahora la sala estaba inmersa en una quietud absoluta tan solo resquebrajada por nuestras respiraciones todavía agitadas. More…
Capítulo 6. ¿Qué eres tú?
21 octubre de 2010
Entré en la comisaría empujando a un delincuente juvenil esposado a la espalda. Era un niño con cuatro pelos en el pecho que se creía el rey de la colina y aterrorizaba a cualquiera de su barrio que no le rindiese pleitesía. Normalmente no me encargo de criminales imberbes pero uno de sus maleantes había intentando mangarme uno de los espejos de mi moto. Ojo por ojo. More…
Capítulo 5. La bruja. La niña.
Finales de marzo de 1.309, Jerusalén.
Aquellas antiguas callejuelas se hallaban completamente inmersas en la quietud y oscuridad ya que esas zonas de la ciudad estaban más alejadas del centro y pocas veces pasaba alguien por aquel lugar. Rumores de grandes catástrofes que habían acaecido a algunas personas que habían visitado el lugar se esparcían como el vino sobre la mesa al volcarse una copa. Y nosotros nos dirigíamos directamente al fundamento de ese rumor.
Al salir de la aldea de Yedael, hacía casi dos meses ya, comenzamos a buscar signos en las zonas cercanas a donde habíamos estado. Signos que evidenciasen la presencia de demonios, dijo Yedael, signos como catástrofes inexplicables, tal como la que hallamos hacía un par de semanas: un granjero se dirigía a Jerusalen a vender sus ovejas y la inmensa mayoría habían muerto sin más, de la noche a la mañana. Finalmente resultó ser un demonio, efectivamente, pero no parecía tener relación con nuestro asunto …al parecer solo atormentaba a la gente por pura diversión.
Durante aquellos días aprendí muchas cosas útiles de esos seres: como que puede dárseles muerte. Si se mata el cuerpo en el que están introducidos ellos mueren con él, por eso suelen salir justo antes de que eso ocurra. El porqué mueren de esa manera no me lo quiso explicar. No obstante si se consigue dañar lo suficiente al demonio mientras que está fuera de un cuerpo, generalmente éste vuelve al infierno o huirá.
Una fría noche, mientras nos disponíamos a dormir, Auli preguntó:
– Creo que deberíamos ir a verla, maestro.
Pasaron los segundos hasta que se Yedael suspiró profundamente.
– Sí… yo también lo creo. No tenemos otra opción.
Pregunté varias veces a ambos acerca de quién hablaban, pero no obtuve respuesta. Finalmente lo dejé correr, contrariado por su permanente ocultismo, y me quedé dormido.
Al día siguiente nos pusimos en marcha en dirección a la ciudad santa y, tras llegar, Yedael nos hizo esperar un par de días en las afueras hasta que un día apareció y dijo.
– La he encontrado. Dentro de un par de noches la visitaremos.
Finalmente alcanzamos un pequeño callejón en el que había una puerta disimulada. No es que estuviese oculta, pero uno podía pasarse por allí y no percatarse de su existencia si no la buscaba. Auli y yo nos quedamos a la entrada de la callejuela escrutando la oscuridad, intentando percatarnos de si alguien …o algo nos había seguido hasta aquel lugar.
A pesar de golpear con gran suavidad la puerta, la quietud del lugar, el silencio nocturno que nos envolvía y la propia tensión del momento magnificó el sonido de los nudillos contra la madera.
Segundos después la puerta se abrió lentamente y, tras ella, había una pequeña figura oculta por la oscuridad de la entrada de la casa. Dada la naturaleza de la puerta parecía ser una humilde casucha, pero al pasar a la entrada y bajar unas escaleras que iban haciendo curva llegamos a la estancia principal. Qué equivocado estaba. La habitación central era una estancia redonda, con la altura de dos o tres pisos, rodeada de estanterías repletas de escritos y papiros hasta el techo. Entre estantería y estantería, grandes cortinones rojos cubrían las paredes y cada objeto de la sala podría rivalizar con cualquier ajuar real.
La pequeña figura volvió a entrar en la estancia y resultó ser una niña, de aspecto frágil y enfermizo, pálida como un hueso y con una larga melena de color blanco. Se acercó a una de las butacas y de un pequeño brinco se sentó en frente a nosotros, que seguíamos en pie, al otro lado de la gran mesa redonda que reinaba en el centro del salón.
Permanecimos unos instantes observando a la niña que nos veía con una cansada sonrisa.
– Habéis venido a verla a ella verdad. A Anuhata. — dijo la niña con un hilo de voz.
– Así es –contestó Yedael con una expresión tranquila y dulce.
– En este momento no está. Hace tiempo que no viene…
– Qué desafortunada noticia — replicó el alquimista –, ¿si viniese por aquí, tendría vuestra merced a bien darle un recado?
La niña asintió con esa expresión que ponen los niños cuando se les otorga una responsabilidad: hinchando los carrillos y frunciendo el ceño. De no ser por el lugar, ni por las circunstancias sería una niña adorable.
– Dígale que ha venido a verla Yedael.
Nada más terminar de pronunciar su nombre la niña bajó la cabeza bruscamente y un gran golpe de viento nos sacudió a todos. Auli y yo nos pusimos en guardia, expectantes y sorprendidos por igual. Echamos mano de las empuñaduras de nuestras armas mientras que el viejo alquimista permanecía impasible.
– Tranquilos. Está todo bien. — dijo sin apartar la mirada de la niña que seguía en la misma postura emanando viento a su alrededor, levantando por los aires los papiros y haciendo tintinear los candiles que iluminaban la estancia.
Finalmente, el viento cesó y la niña levantó la mirada mientras caían cientos de papeles.
– Yedael… — dijo la misma voz que antes, pero esta vez no era un murmullo débil y apagado. Su voz sonaba ahora fuerte y poderosa –. Hace mucho que no nos vemos… Me pregunto en qué extraños asuntos estarás metido…
… ¡Vos! — dijo señalándome a mi y clavando su mirada en mis ojos — ¡Vos sois del que hablan las sombras y las estrellas! Vos sois el marcado… interesante Yedael, muy interesante. No quiero una legión de demonios en mi puerta……
Quise adelantar un pie para rogar su atención pero no pude despegarlo del suelo. Me sentía completamente atado y notaba una gran presión en el pecho. Miré a Yedael implorando ayuda. Apretaba, apretaba mucho. Casi no podía respirar. Sentía como la presión se iba desplazando a mi cabeza y empezaba a marearme.
– Ya está bien Anuhata. Por favor, escuchad lo que hemos venido a deciros. Después si no quereis que pisemos vuestro hogar, nos iremos y nunca volverá a oír hablar de nosotros.
La presión cedió y apartó sus ojos. Caí de rodillas al suelo. Auli parecía no haberse inmutado. Permanecía expectante, con el cuerpo en tensión esperando cualquier cosa desde cualquier lugar. Jadeé intentando recuperar el aliento. Mientras tanto Yedael tomaba asiento enfrente a la niña.
– Necesito…
– Sé perfectamente lo que necesitais, joven. –¿joven?, pensé, si ella es prácticamente una niña y Yedael es ya un viejo…– Arymaili no está en Jerusalen.
Mis ojos se abrieron de par en par en dirección a la muchacha. ¿Como… como es posible?
– Mi modo de vivir es fundamentalmente saber cosas. El ser al que buscáis sigue en Francia. Parece estar esperando. Pero debéis tener cuidado… no está sola. Hay muchos más seres que están de su parte… también otros que están en su contra.
Se hizo un largo silencio en el que todas las partes parecieron estar meditando. Finalmente Yedael tomó la palabra:
– ¿Qué queréis como pago? Hemos capturado recientemente a un demonio…
– Tengo todos los demonios que pueda necesitar… –dijo señalando una estantería llena de pequeñas cajas con símbolos rúnicos– …quiero… uno de sus pecados –sentenció con una maliciosa sonrisa señalándome a mí. Intenté gritar “¿cómo osáis?”, pero no me surgió voz alguna
– En esta casa no se grita, insolente mocoso. — dijo la bruja — Permaneceréis en esta casa durante treinta y un días y treinta y una noches. No haréis nada, no hablaréis, no paseareis, … ni si quiera pensaréis.
– Pereza –dijo el alquimista–. Queréis el pecado de la pereza. Quizá el que fuese más difícil de cometer para alguien en su situación… deberíais negaros Aldana, quizá ese pecado sea el único que no podáis cometer sin querer…
Anuhata lo interrumpió.
– …destruir todo lo que amas, todo lo que tiene significado para tí, todo lo que necesitas para avanzar, arrancar todas las esperanzas del corazón, que mueran todas las personas importantes para uno sin saber qué, quién o dónde buscar a quién lo hizo. Eliminar todas las alternativas. Paralizar el alma, condenándola a la mas infinita de las procrastinaciones. Realmente quieren que los cometas todos, lo harán si lo ven necesario. Piénsalo, no es un mal trato. Te estoy ahorrando pasar por todo eso. Te estoy evitando pasar por la fase de la total desesperación antes de caer en el vacío de la inacción.
– Pero tiene que haber otra cosa que quieras…
– Está bien — interrumpí –. Tiene razón Yedael, no es un mal trato. Ahora sabemos dónde están, sabemos que no están solos y que nosotros tampoco lo estamos. Tan solo una condición.
La niña enarcó una ceja.
– Si su situación ha cambiado en lo mas mínimo, al cumplir el pago, nos volverás a dar los detalles que sepas.
Anuhata levantó los brazos hacia lo alto y comenzó una letanía de palabras que no pude entender. Supuse que aceptaba la condición impuesta y poco a poco iba notando como el cuerpo se iba abandonando, como el pensamiento a penas quedaba reducido a un hillilo inconexo y pausado. Estaba reduciendo mi ser a la mínima expresión.
– Al término de la trigésimo primera noche a partir de hoy, volveréis a ser vos mismo.
Y todo se sumió en una gran oscuridad.
…
El tiempo pasaba muy despacio… no lo recuerdo con claridad. Tengo un borroso recuerdo de aquellos días y noches. La mayor parte del tiempo estaba tirado en un camastro en una estancia oculta de la casa de la bruja. Auli no se separó de mi lado… creo, no estoy seguro. Todo me daba igual. A veces un fogonazo de luz cruzaba mi mente y recordaba pequeños retazos de los acontecimientos que me llevaron a aquella situación. Pero, cuando mi mente empezaba a intentar despertarse, cuando volvía a pensar qué debería hacer o como actuar, aquella mirada… aquellos ojos ambarinos me fulminaban en mi interior y volvía a vaciarme de mi propio ser.
Recuerdo que alguna vez me hicieron comer a la fuerza… pero tampoco estoy seguro.
Recuerdo el aleteo de unas alas revoloteando a mi alrededor en algún momento. Quizá fuese algún ave en la ventana, quizá no. El propio universo era una estupidez a mis ojos. Todo carecía de sentido, hasta la vida misma, hasta la propia muerte.
Después de una eternidad –¿o habría sido un instante?– noté como me llevaban de la mano escaleras abajo. La mano que me tocaba era pequeña, suave y cálida, pero la sensación que en lo más profundo de mí sentía poderosa. Un increíble poder me estaba tomando de la mano, tan grande y tan abrumador que no podía soportarlo. No era malvado. No era bondadoso. Simplemente era una sensación arrolladora.
Finalmente me sentaron en una butaca. Todo estaba oscuro y había un par de velones a mi alrededor. Un rayo cruzó mi mente y abrí los ojos de par en par tomando una gran bocanada de aire… como si fuese un náufrago que acaba de salir a la superficie tras largos minutos bajo el agua. Cuando dejé de jadear comprendí que había pasado el plazo y me encontraba en el mismo salón circular en el que me habían hechizado. Miré a los ojos a la bruja que se encontraba al lado de un espejo que hacía rebotar la luz que entraba en una claraboya situada en el techo. Poco a poco el día empezó a hacerse paso entre la oscuridad de la noche y la luz que rebotaba en el espejo inundaba la habitación cegándome por unos instantes. La bruja, mientras tanto, sonreía mientras movía los labios pronunciando algo en voz muy baja.
El pecho volvío a arderme. El dolor recorría todo mi cuerpo doblándome sucesivamente hacia adelante y atrás en mi asiento, retorciéndome de dolor. Finalmente, sentí como una fuerza me empujaba desde la espalda y me tiró del asiento contra el borde de la mesa, golpeándome la cara contra ella. Tirado en el suelo, sintiendo como la sangre manaba de mi frente, noté nuevamente como esa fuerza me levantaba esta vez sujetándome el cráneo hasta ponerme de rodillas. “Aquí viene”, fue todo lo que pude pensar, cerré los ojos con fuerza y escuche gritar a Anuhata un pequeño cantico que finalizó justo cuando sentí el latigazo sobre el pecho, lacerante y doloroso como en las otras dos ocasiones. No obstante, esa vez no sentí que se me desgarrase la piel, ni sentí arder las otras dos cicatrices. No brotó sangre de mi pecho. Nada. Solo el dolor del latigazo.
Cuando me incorporé la niña seguía mirándome fijamente, que tenía la palma extendida hacia mí, como si estuviese sosteniendo algo, pero nada había en su mano. La cerró con fuerza, le brillaron los ojos y cayó fulminada al suelo.
Yedael y Auli entraron rápidamente en la estancia y nos ayudaron a ambos. Cuando Yedael tomó a la niña en brazos pudimos observar que tenía la espalda empapada en sangre y Yedael comprobó que efectivamente ella había recibido el pecado y tenía una cicatriz que cortaba su espalda en diagonal de lado a lado. Al tener un cuerpo de niña o quizá por no hacer sufrir demasiado a su yo normal no quiso aceptar plenamente el castigo y el dolor me lo dejó para mí… “Es mejor así”, pensé, al verle la espalda cuberta de sangre mientras el judío le aplicaba un tratamiento para evitar que se desangrase.
La sangre era demasiada. El dolor no lo había recibido, pero el daño corporal era el mismo que hubiese sufrido yo mismo y en un cuerpo tan pequeño suponía un daño enorme para la criatura. En un momento dado, Yedael se levantó y comenzó a intentar volcar la mesa. El enorme negro inmediatamente comenzó a ayudarle y, gracias a su descomunal fuerza, apartaron en seguida la mesa. Acto seguido me dió un trapo que todavía estaba limpio y me ordenó que apretase en la herida para ralentizar el sangrado.
En cuanto lo hice, se puso de pie en el centro de la estancia, sacó su piedra caliza del jubón y comenzó a trazar un enorme círculo de transmutación. El circulo tendría aproximadamente unos tres metros de diámetro y velozmente comenzó a llenarse de cientos de símbolos, cientos de líneas que se entrecruzaban, retorcían y mezclaban con los símbolos. Rodeó el círculo con tres líneas concéntricas de texto enochiano y sobre uno de los bordes del círculo dibujo otro círculo más pequeño y borró la línea del anterior que estaba dentro de este. Como si pusieramos un platillo en el borde de un plato.
Yo mientras tanto iba viendo como el paño iba tiñéndose lenta e implacablemente de rojo. La sangre de la niña bruja poco a poco iría manando hasta dejarla vacía.
Cuando Yedael finalizó el dibujo tenía el rostro completamente desencajado, diría que prácticamente estaba desesperado y que esa era su última baza. Se acercó a mí con cuidado de no borrar accidentalmente algún símbolo y puso a la niña en el medio y todos los trapos manchados de sangre al lado. Y permanecimos en silencio unos minutos.
– Auli. Tengo que pedirte un favor. — dijo el alquimista.
Auli, que no dijo absolutamente nada, incó una rodilla en el suelo y puso una mano dentro del círculo pequeño que había dibujado al final. Yedael se retiró hacía atrás unos pasos hasta estar a mi lado en un lateral de la estancia. Los tatuajes del numida comenzaron a brillar como cuando capturó al demonio en el poblado y bramó con fuerza cuando el brillo era lo suficientemente intensa como para creer que iba a arder. Desconozco cuanto tiempo estuvo en esa postura, inmóvil, brillando en la oscuridad, pero fue mucho más que una transmutación normal. Poco a poco cada línea y cada símbolo del círculo fue iluminándose como si fuese agua que va recorriendo surcos tallados en la piedra y cuando todo el circulo estuvo completo, pudimos escuchar un gran rumor como el de un gran trueno lejano y la luz lo inundó completamente todo.
Cuando la luz cesó, Yedael estaba arrodillado mirando hacia el suelo solemnemente, y Auli estaba tirado en el suelo respirando con dificultad. En el centro del círculo estaba la bruja completamente manchada de sangre.
– ¿Ha funcionado? — pregunté.
Yedael, que finalizó su genuflexión, se incorporó lentamente.
– Si. Ha funcionado. Los trapos están limpios. — dijo señalando, efectivamente, el montón de trapos que hace unos instantes estaban empapados en sangre. — Ayuda a Auli. Creo que todos necesitamos descansar un momento.
La bruja respiraba tranquilamente. Como si estuviese inmersa en un buen sueño… ¿sería una niña en este momento? ¿o seguiría siendo la bruja? Pensé al ver como Yedael se sentaba en una de las butacas con la niña en brazos y visiblemente cansado. Yo, pasé el brazo del gigante por mi hombro y con la poca fuerza que me quedaba después de un mes casi sin moverme, lo ayudé a incorporarse. Caminó lentamente hacia el lugar en donde había luz natural y allí se dejó caer mirando al cielo.
Me acerqué a Yedael, me senté en uno de los asientos cercanos y le pregunté.
– ¿Qué ha sido eso, Yedael?
El viejo judío me miró tristemente y comenzó a hablar.
– Transmutación humana…
…he hecho que la sangre de la niña volviese a su cuerpo y he arreglado, como he podido, la piel y el músculo de la espalda, cerrando sus heridas y deteniendo la hemorragia.
– ¿Qué habéis pagado? — Yedael no contestaba — Dime, ¿qué habeis tenido que poner como pago? No os he visto arrojar ni ofrecer nada…
– Un alma.
Mis ojos se abrieron de par en par y las piernas se me dispararon como resortes. Me puse enfrente de él y le pregunté con dureza:
– ¿Pero no me habíais dicho que no se podía poner el alma como pago? ¿A quién habéis sacrificado? ¿A él? — grité señalando al numida que seguía respirando con dificultad.
– Ya os dije que Auli es un homúnculo. Un ser creado a partir de la alquimia carente de alma. Y que dentro de él hay confinadas infinitud de almas demoniacas, fruto de muchisimos años capturando a esos seres. Son almas rotas, corruptas, no como la tuya o la mía que todavía pertenecen a algún dios, ponle el nombre que quieras.
Me quedé petrificado ante la información. No obstante, seguí preguntando.
– ¿Y porqué estabais de rodillas? ¿Acaso rezabais a vuestro dios?
– No. Mostraba respeto.
– A quién.
Yedael me miró con una mezcla de temor y dureza y finalmente dijo:
– Al que vino a recoger el alma entregada.
Capítulo 4. La gran habilidad
15 de febrero de 1.309
Hasta pasado un día entero no pude ponerme en pie sin sufrir fuertes mareos. Aquella extraña visión me había dejado destrozado, tanto a nivel mental como físico, y todavía permanecía en mí una extraña sensación en el cuerpo… ¿qué significaría? ¿qué querría Dios nuestro Señor que viese en ella? Supongo que debería ser yo mismo el que diese con la respuesta ya que ni Yedael, quien parecía acumular una grandiosa sabiduría, supo responderme tras haberle relatado mi trance. También es probable que al ser judío no pudiese comprender algo perteneciente a la Verdadera Fe…
Cuando pude levantarme observé con gran asombro que Zéfiro se encontraba sujeto por las bridas a uno de los estadojos del carro e inmediatamente me subí a su lomo. Creo que mi montura se alegró tanto como yo mismo cuando lo hice. Yedael y Auli insistieron en que descansase todavía más, pero mientras yo ocupase el carro ellos no podían descansar adecuadamente ya que el espacio era reducido, así que hice el esfuerzo de cabalgar por mí mismo. Podrían haberme abandonado a mi suerte en la Gran Sala de Oriente, pero me recogieron y quizá al hacerlo me salvaron la vida, así que quise agradecérselo en el modo en que pudiese. More…
Capítulo 3. El terror de ser salvado.
Otra vez el mismo sueño.
La luz lo inunda todo. Es tan clara y brillante que apenas puedo ver nada y lo poco que alcanzo a vislumbrar está desenfocado y borroso a causa de la claridad. Intento cubrirme el rostro con la mano pero ésta no me responde. De hecho ninguna parte de mi cuerpo parece querer moverse. No sé dónde me encuentro, pero oigo voces a mi alrededor. Suenan como lejanas y amortiguadas, tanto que no logro comprender de qué hablan… parece que están discutiendo a juzgar por el tono de voz empleado.
Un terrible y desgarrador grito de mujer se sobrepone a las voces. La luz se desvanece y siento que comienzo a caer hacia ningún lugar. La luz en la que me hallaba va quedando cada vez más atrás, al frente, en dirección a mi movimiento, algo que parece el suelo. Noto como poco a poco mi velocidad va en aumento. El roce del aire comienza a ser abrasador y apenas puedo pensar a causa del dolor que éste provoca en mi piel.
Sigo cayendo. La abrasión causada por la velocidad es tal que siento que me envuelve el fuego.
El suelo está cerca. Poco a poco mi cuerpo comienza a convertirse en polvo.
Ya está cerca… ya está cerca.
Capítulo 2. El alquimista de Jerusalén.
Desierto del Sinaí, cerca de Jerusalén. 10 de febrero de 1.308.
Estaba más que claro. Aquellos dos me seguían.
Era la cuarta o quinta vez que detenía mi marcha en el día y aquella extraña pareja hacía exactamente lo mismo. Si yo paraba, ellos paraban. Si retomaba el camino, ellos reanudaban la marcha igualmente. No me seguían para darme alcance, sino para saber a dónde me dirigía. Era evidente.
Respiré profundamente sin apartar la mirada de aquellas dos personas: eran dos jinetes, uno bastante corpulento y el otro más liviano, seguramente armados a juzgar por algunos destellos metálicos que de vez en cuando alcanzaba a ver. Mantenían la distancia, una o dos horas a trote de caballo, ya que las distancias no son obstáculo en el desierto para mantener a alguien vigilado, pero la misma circunstancia me permitía a mí controlarlos a ellos.
Capítulo 1. Ira.
París. 13 de octubre de 1307.
Poco a poco mis ojos se fueron acostumbrando a la penumbra reinante en la gran estancia. Tan sólo una docena de antorchas dispuestas en círculo en el centro de la habitación evitaban que ésta fuese completamente engullida en la oscuridad. Sabía que se trataba de una bóveda porque así me lo había indicado mi maestre, Guillome Duvan, antes de conducirme por los laberínticos pasillos de las catacumbas de París. ¿Quién iba a siquiera pensar que en las entrañas de la capital del reino habría semejante estancia?
Cuando por fin me acostumbré a la oscuridad de la sala, pude observar que el suelo combinaba zonas arenosas con grandes losas de piedra gastada por quién sabe cuantos años de caminar sobre ellas y que entre antorcha y antorcha había un caballero con la mirada baja y una rodilla en el suelo un par de metros por fuera del círculo descrito por las teas. Seguimos internándonos en la estancia hasta alcanzar el borde de aquel círculo ígneo. Mi maestro se detuvo un par de pasos antes que yo y adoptó la misma postura que los demás caballeros. Inconscientemente, al verlo arrodillado, también inqué mi rodilla en la arena.
– ¿Se puede saber qué hacéis? — me recriminó en voz baja — Creí que ya lo habíamos repasado varias veces, caminad al centro del círculo.

