Becarios, pedir ayuda y la letra “a”
La fábrica empieza a vaciarse lentamente a medida que se acercan las ocho de la tarde y, por lo tanto, las oficinas empiezan a encontrarse a oscuras. Mientras tanto en la especie de atalaya en donde se encuentra la mesa en donde estoy, rodeado de papeles y cacharros, todavía hay luz y salvo imprevisto la seguirá habiendo hasta las once. More…
Mi primo de Zumosol
Supongo que recordaréis unos anuncios que echaban hace ya un porrón de años en los que salía un criajo más bien enclenque presumía de tener un primo súper fuerte al que acabó apodándosele ‘El primo de Zumosol’ ya que el anuncio era acerca de dicha marca de zumos. El caso es que yo siempre tuve un primo como ese, aunque no creo que beba o bebiese mucho Zumosol. Igual de grande, igual fuerte, igual de paciente -todo ello por dentro y por fuera.
Nunca le he dado las gracias por aguantarme todos estos años, sobre todo cuando era mucho más joven -sobre quince años- cuando únicamente salía de fiesta por las noches -a verbenas o discotecas, lo que se terciase- si salía él y, por supuesto, bajo su responsabilidad. Y no era cosa fácil ya que, por aquel entonces, yo era un bicharraco mucho más repelente que hoy en día y bastante más difícil de aguantar. Años después me enteré que incluso su madre le amenzó con no dejarle salir si no me llevaba consigo.
El caso es que aunque me puteaban bastante, él y su mejor amigo (yo era el pequeño), siempre estuvo conmigo y nunca me dejó tirado. Me integró en su grupo de amigos y siempre se tenía que volver antes de tiempo los sábados por la noche porque a mí solo me dejaban salir hasta las cuatro. Y nunca se quejó. Por lo menos no delante mía.
Me acuerdo, hace un montón de años, que me enteré que no quería llevarme a las fiestas de los pueblos porque me quedaba parado en mitad de la fiesta sin bailar, ni “ná” y que “era un rollo llevarme”. No recuerdo cómo fue que me enteré, seguramente a través de mi madre, qué él había dicho eso. Me enojé tanto y tanto que por orgullo propio y herido hice lo imposible por aprender a bailar, por lo menos lo más básico… bueno, lo típico que se baila en las fiestas. Y lo conseguí …y si tenemos en cuenta que estoy con mi chica gracias a que la conocí bailando -porque ahora me encanta bailar latino- podemos decir que una pequeña parte es gracias a él.
También recuerdo una vez, tendríamos yo diez años y él doce, en la que estábamos discutiendo. Peleando seguro que no, porque siempre fue inmensamente más fuerte que yo dado que tiene una constitución física fuera de lo común, pero a buen seguro estábamos gritándonos. En un arrebato cogí el mando a distancia de la televisión y se lo lancé -estaba a un par de metros- con tan mala suerte que se lo estampé en toda la nariz. Nunca hubiese pensado que un mando a distancia tuviese tantas piezas como las que ví saltar alrededor de su cara tras el impacto. Se echó las manos a la cara y después miramos ambos el cadáver electrónico (por aquel entonces todo un lujo). Cruzamos una mirada y comenzamos a montarlo todo, más o menos como supimos. Lo cerramos y por un milagro funcionaba. No hay vez que no lo recuerde que no sonría al recordar cuando vimos que, efectivamente, funcionaba correctamente y nos vimos, satisfechos de nuestra heroicidad habiendo olvidado ya por completo porqué discutíamos. Y evitando una bronca monumental.
Otro día, cuando él era portero del equipo local, durante el lanzamiento de una falta magistralmente ejecutada el hizo una estirada que ni Casillas hubiera podido hacer mejor. Se lanzó como un gato, estirandose hasta alcanzar la escuadra y mandó la pelota a córner. El caso es que él cayó mal, con el hombro, y al levantarse hizo el gesto de como que le dolía. Acabó toda la primera parte. En el descanso se sacó la camiseta y tenía un negrón tan grande que no entiendo como no estaba reventado de dolor. Al final fue al médico, claro. No recuerdo si se había astillado la clavícula o se la había roto o algo así… sé que había sido una burrada y el tío no dijo ni “mú”. Pero él es así.
Otra anécdota es que un día, pasamos por mi casa antes de salir de marcha, ya creciditos. El caso es que se achispó algo antes de tiempo y no me preguntes cómo llegamos a ese punto, pero acabó con mi hermana echándole rimel en las pestañas. Y salió así. Sin más. Y se lo pasaba bomba cada vez que alguien se daba cuenta. Lo que nos reímos todos juntos.
Recuerdo las salidas al Coto a ver las estrellas todos juntos (él, su grupo de amigos y yo). Recuerdo las noches en las gradas del campo de fútbol de cháchara. Las acampadas el ocho de agosto, sobre todo aquella en la que montamos aquella carpa gigante en la que pudimos pasarnoslo genial aunque afuera llovía a mares. Recuerdo las partidas que echamos en la SuperNES al Mario y en la Play a ProEvolution Soccer, que molaba más que el FIFA. Recuerdo tantas cosas…
…
Hoy por hoy, nos hemos distanciado algo. No por nada en particular si no porque como sucede siempre, la vida nos va llevando por sus caminos, acercándonos a personas y alejándonos de otras. Lo que voy sabiendo de él es por mi madre que me va poniendo al día de sus recientes acontecimientos y por su hermano pequeño, al que veo bastante más que a él. Como pasa en todas las familias, supongo.
Lo que me tienen contado últimamente es que en su empresa ya han echado a casi todo el mundo. La crisis, se supone. Y ahora a él lo están puteando de mala manera para que se vaya. Lo envían de un lado a otro sin ton ni son. Hace un par de semanas estuvo en Azores. Después volvió. Ahora lo acaban de mandar de vuelta. Y antes de eso recorrió toda Galicia, a veces para no hacer nada. Simplemente para que se niegue y dar un motivo por el cual echarlo a la calle sin darle un duro o que se queme y se largue por la puerta de atrás -también sin un duro. Pero él sigue ahí. Aguantando. Seguramente por dentro esté organizando una pira humana con sus jefes dentro, pero no dice nada. Siempre que coincido con él, está como siempre: sonriendo.
Este post es para él. Para darle ánimos. Para decirle que le debo mil millones de cafés. Que le debo mil y una buenas experiencias que he vivido gracias a él. Que mucho de mí hoy es gracias a él ayer.
Para desearle un muy feliz cumpleaños aunque quizá nunca llegue a leer estas líneas.
Muchos ánimos.
Muchas felicidades.
Primo mío de Zumosol.
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PD. Hoy, también es el cumpleaños de mi hermanita. No me he olvidado. Te llamo luego, pero quería dedicarle esto al primo.
Cal, arena y escribir un blog
No me hago una idea de cuántas horas he estado aquí sentado a lo largo de la historia de este blog, delante de la pantalla con intención de escribir un capítulo más de mi vida. También habría que sumarle todas las horas que he invertido buscando un tema sobre el que narrar los acontecimientos dado que mi vida es bastante ordinaria. Tengo un trabajo de oficina, no interactúo con demasiada gente y, como creo que casi todo el mundo de mi edad y en mi situación, la vida parece ir a ralentí. Otra buena porción de horas serían las que he pasado buscando plugins, temas, clasificaciones, etc. con las que haceros mi rinconcito un poco más accesible, agradable o, simplemente, bonito.
Sí. Escribo un blog. Desde hace seis años ya.
Aquel verano en que escribí aquel primer post no sabía lo que iba a venir después, ni el tiempo ni esfuerzo que dedicaría a este tinglao. Seguramente muchos de vosotros tendréis blogs o los habéis tenido alguna vez sabéis lo duro que puede llegar a ser esto. Por supuesto que no me refiero a que sea duro como trabajar en una mina, pero sí en el sentido de que significa mucho esfuerzo y de una manera muy constante el poder mantener una página de este estilo. Resulta muy difícil ser capaz de atraer la atención, sobre todo si tenemos en cuenta que no escribo acerca de teléfonos hiperpotentes ni otros cachivaches tecnológicos. Simplemente os escribo acerca de mi mundo y mi manera de verlo… quizá eso explica el porqué no tengo casi lectores o porque prácticamente nadie comenta nada.
También hay que tener en cuenta que desde que existen las redes sociales –tales como el pajarito, o caralibro– el tiempo que la gente invierte en leer blogs ha disminuido hasta cotas irrisorias y claro, también se nota aquí. Otros amigos blogueros que tienen sus respectivos blogs de más o menos la edad del mío han ido cambiando poco a poco y han ido yendo más hacia temáticas políticas, fotográficas, profesionales, etc. No obstante yo sigo contando lo mismo. He cambiado la forma, la técnica, la literatura, pero sigo haciendo lo mismo: Desgranar mis días con buen humor.
No os negaré que he estado tentado muchas veces de cerrar el chiringo y dejarme de tonterías, que el nombre de dominio y el hosting me cuestan mis dineros a lo largo del año. Pero, no se por qué, siempre acabo aquí de nuevo. He tenido temporadas inmensamente largas sin escribir una sola palabra… sin ni siquiera comenzar un borrador, pero siempre vuelvo… pero ¿por qué?
Supongo que nadie tiene la respuesta correcta a esta pregunta. Quizá no sea una única respuesta… sigo aquí por mí, porque me gusta escribir y porque me gusta compartir aquello que escribo, aunque solo sea leído por mi círculo de amigos. Sigo aquí porque me gusta imaginar que alguien lee alguna de mis historias y sonríe porque ha pasado por algo semejante. Quizá sigo aquí porque me gusta creer que mi especie de serie-novela es seguida por alguien que se pregunta qué pasará a continuación. Quizá no sea por nada de eso. A lo mejor ya lo tengo por costumbre. Sentarme aquí, delante de nadie y de todos vosotros al mismo tiempo para que todos pasemos un rato lo más agradable posible.
He tirado horas y horas intentando buscar la manera de destacar más, de atraer a más gente a estas páginas. He investigado SEO, posicionamiento, marketing en redes sociales, he hecho estadísticas de navegación para saber a qué horas de publicación hay más gente. He buscado sistemas de fidelización, de rss, he puesto enlaces de los blogs a los que sigo con la esperanza de que me refieran tráfico… pero ¿sabéis qué? No sirve de mucho. Por aquí siguen pasándose los de siempre –y que por supuesto siempre siempre siempre seréis bienvenidos– pero todo esto hace que escribir un blog sea un dar y no recibir… bueno, supongo que lo que doy no es suficientemente atractivo en un mundo en el que hay cosas por todos los lados: buenas, bonitas, baratas, caras, horribles y alguna completamente magnífica. Pero encontrar algo que merezca la pena –ojo, no estoy diciendo que mi blog merezca la pena… eso no debo ser yo quién lo diga– cuesta mares. Es un poco como buscar a Wally …en el estadio del Atlético de Madrid.
Pero no todo es cal. También hay mucha arena de por medio.
Me acuerdo de cuando escribí esto y hubo personas que me estuvieron leyendo, aguantando y animando. Cuando escribes un sentimiento, cuando plasmas en un puñado de letras una tristeza, una alegría, un triunfo o una derrota y esas mismas líneas son leídas por alguien que te responde no tiene precio… Aunque alguna vez puedas no estar de acuerdo con lo que te han dicho. Me divertí mares escribiendo mi primera experiencia aeroportuaria y viendo que vosotros os divertíais tanto como yo al leerlo o el debate que tuvimos acerca de los Dogon y si que sí era un timo o no.
Han sido ya, con este, 256 posts y casi 700 comentarios. Seis años. Y seguiremos añadiendo cuadritos a esta barra de progreso que es la vida juntos.
Gracias por vuestro tiempo. Gracias por leerme.
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Inspirado en el post “Escribir un blog” del grandísimo blog El sentido de la vida del más grande aún Javier.
Zapatos de infancia, un folio en blanco y la neurona
Hoy, no sé por qué, me ha venido a la memoria una anécdota de infancia. A ver, nietecitos, sentáos a mi alrededor.
Hubo una vez, tendría yo once o doce años, en la que fui a toda prisa al colegio. Me vestí rápidamente y desayuné con calma. Demasiada, realmente, porque cuando me di cuenta me había dado la hora y salí corriendo al colegio sin percartarme que me había olvidado de algo.
De pequeño, creo que como todos los mocosetes, era bastante mentiroso… siempre era “y yo más” o excusas por las cuales no había hecho los deberes. en fin. Ahora no miento nunca, por lo menos conscientemente, pero conservo cierta habilidad para elegir qué hechos reales expongo y hacer que parezcan favorables a mi causa, sea lo que sea que tenga entre manos en ese momento. Y sobre todo, lo hago rápido, sin pensarlo demasiado. Directamente me sale. Por aquel entonces también, pero claro, mi capacidad de medir hasta que punto algo es creíble no estaba muy desarrollada, como por ejemplo no entendía como la profesora no me creyó nunca que mi primo tenía una girafa en casa. En fin.
Llegué a clase, me senté en mi pupitre y no hubo problema hasta que a tercera hora, creo recordar, tuvimos que levantarnos e ir todos al baño a enjuagarnos con fluor. Lo hacíamos todos juntitos como si fueramos una secta. Todos allí, con un vasito blanco en la mano con un extraño líquido de color rosa Paris Hilton a espera que la profesora nos diese la orden para beberlo todos. El caso es que en aquella ocasión, yo estaba de pie con los demás, sujetando el vasito con el rosado elemento, cuando la profesora me pregunta: ¿[Z]eta, Dónde están tus zapatos?
En ese momento miré hacia mis pies y efectivamente: no estaban mis zapatos. En lugar de ello tenía unas gastadas zapatillas de andar por casa. Se ve que en un alarde de mezclar prisa, con despiste y unas pizcas de inconsciencia salí pitando de casa después de desayunar sin calzarme los zapatos… y no me di cuenta hasta ese preciso instante de ello.
El caso es que 0,27 segundos después respondí, directa y seriamente, mirándole a los ojos a la profesora:
– Tengo los zapatos en el zapatero. Se gastó la suela y aún no me los ha devuelto.
Hala. Todo “cheo” de razón. Y la profesora dió por zanjado el asunto.
Mucho tiempo después se lo conté a mis padres. Qué hijo han sacado… jeje. Ahora me doy cuenta de que realmente les dejé en mal lugar a ellos, pero en el momento sentí un gran alivio por salir tan fácilmente de un despiste tan grande con tan poco esfuerzo.
Bueno, yo ya me he confesado ¿vosotros tenéis alguna anécdota que contar?
Continuando el post de esta semana –si, bueno, mis semanas a veces son muy largas– el otro día me senté delante del ordenador para escribir este post. Me recliné en la silla, encendí uno de esos palitos incandescentes de fumar, como diría el grandísimo Agustín Jimenez, inspiré, hice “flas, flas, flas” con las manos y me dispuse a tocar mi piano particular con el que junto las notas necesarias para poder desgranaros de la manera más simpática posible mi día a día.
Pero no salía nada.
“Bueno, no pasa nada”, me dije. Entonces dí una lectura rápida por mis blogs favoritos, consulté el twitter, dí un paseo por la casa, me senté en la terraza y al volver…
…nada nuevamente.
No puede ser, no puede ser… ¿qué es lo que está pasando? me pregunté delante de este moderno “folio blanco” que constituye la pantalla en blanco con el cursor parpadeando. Al final decidí tomar las riendas de la situación y llamé a mi neurona.
– Neurona al habla ¿quién es?
– Soy yo –respondí seriamente.
– ¡Ah! Hola jefe — me responde alegremente la muy pizpireta.
– Mira, estoy intentando sentarme y escribir algo… pero no sale nada ¿pasa algo por ahí?
– Bueno, verás… ya me percaté que querías escribir y que tus intenciones eran escribir algo del estilo de esto pero en cuanto abrí el grifo de las ideas hubo un atasco.
– ¿Un atasco? –pregunté sorprendido.
– Si. Llamé a los de mantenimiento, que tardaron un ratito en venir, por cierto, y han estado mirando por aquí.
– ¿Y bien?
– Uf, a ver por donde empiezo. Tienes la cabeza hecha un lío, al parecer. En el tubo de las ideas tienes dos o tres capítulos a medio fabricar de la serie que estas haciendo en el blog, tienes retazos sueltos de mil cosas diferentes de material para hacer posts, tienes un par de series que quieres ver y no tienes tiempo, así como un par de películas. Tienes una gran bola marrón que creo que es tu preocupación por el trabajo, que las cosas no pintan bien, lo sé. También tienes un montón de arañas que no sé que pintan por aquí…
– eso es el recuerdo de mi cuenta corriente… –le resolví con tono neutral.
– …ah, vale. Y al fondo del todo hay algo enorme… no sé, como un galeón enorme. Creo que es de tu novela de piratas. Por cierto ¿qué tal va?
Me encogí de hombros y respondí
– Bueno, va… no tan rápido como quisiera. He estado documentándome mucho, pero no tengo tiempo para todo. Ahora quiero intentar sacar un post a la semana de tema general, un post al mes de la novela online y algunos al mes de programación…
– ¿Y tienes tiempo para todo eso? Mira que también tienes que trabajar, las cosas de casa, la moza y todo eso…
– Ya… ya…
– Mira, espera a que tengas un mejor horario, que sé de buena tinta que en breve tendrás horario solo de tarde. Aprovecha que puedes acostarte tarde para escribir cosas. Sabes que se me da mejor escribir de noche que de día.
– Ya, pero…
– Pero nada. Jolín. Ya es bastante que estoy aquí sola y consigo hacerte funcionar mínimamente. ¿Sabes la cantidad de trabajo que hay por aquí dentro? Además está todo hecho un desastre, todo tirado por los suelos… ¿te haces una idea de la cantidad de información que tragas cada día? ¿de todo lo que lees? ¿podrías parar un poquito no? …ya sabes, darle menos al coco. Al menos déjame arreglar esto un poco… Además he oido que en otros cerebros hay muchas más neuronas y yo estoy aquí solita. Podrías contratar gente…
– No…
– ¿No? ¿qué?
– Eso de los otros cerebros, con más neuronas… es un mito.
Y colgué.
Quizá mi neurona tenga razón, tenga que esperar un poquillo a tener algo más de tiempo, quizá deba comprarme un tablón de esos blancos para organizar todas las ideas que tengo en la cabeza… no se. Espero que el folio en blanco no se me quede mucho tiempo por aquí, que me agobia.
…pero hay tantas cosas que quiero escribir. No estoy acostumbrado a quedarme en blanco…
Un abrazo a todo el mundo.
PD. Psss, pssss… Próximamente capítulo 6
Los horarios, un cesto y cosas que no arrancan
Hooola a todos.
Llevo dos semanas sin saber que ponerme. Sí, seré un fashion victim de esos, pero llevo dos semanas dándole vueltas y vueltas a cómo visto el blog para esta nueva temporada otoño-invierno. Que si ese aspecto es muy simple, que si el otro es demasiado colorido, otro más que no me pega con los zapatos… digo con la temática del blog… y nada, que al final me rindo y dejo este aspecto que por lo menos me permite mostrar más contenido y mejor clasificado, así puedo poner de todo un poco. ¿No?…….. a ver cuánto me dura este… ¿Quizá debería poner algo navideño? Es que en un par de semanas en Pórtico & friends ya empezarán a poner cosas de ese estilo…
Dando por supuesto que todos sabéis usar un calendario, que de todo hay en botica (ver postdata, ahora nooo, después hombre), podréis comprobar que estamos finalizando el verano, o por lo menos aquella parte que toca a las vacaciones y salvo a aquellos que han sido suficientemente inteligentes como para coger vacaciones en septiembre –va a estar mucho mejor tiempo que durante julio-agosto– casi todo el mundo está volviendo de sus vacaciones. Vuelta a poner el despertador, acostarse temprano, el coche, el teléfono, etc. y volver a adaptarse al horario de la vida cotidiana. Yo ya pasé por todo eso, excepto la parte de lo de adaptarme al horario… no me dejan. Bueno, realmente no me dejan el horario tranquilo, taquicárdico lo tengo ya.
¿Está toda la clase atenta? Pues prestad atención que esto entra en el examen…
17 y 18 de agosto he estado desde las 7h hasta las 16h
del 18 y 19 he estado de 8 a 15h30
el 20 he estado desde las siete de la mañana hasta las once y después desde las 21h hasta la una de la madrugada
el 21 desde las 13h hasta las 21.
el 22 a 26 he estado de 8 a 15h30
¿No está mal? ¿Eh? De hecho, el monstruo de mi armario ya no está porque creo que se ha ido al sindicato porque está harto de hacer horas extras esperando a que aparezca por casa…
Pero no acaba ahí la cosa ya que mañana y pasado estaré también de 8h a 15h30, peeeeero desde el día uno al día siete estaré con horario partido (8h-14h y 16h-18h) y finalmente el día siete, si todo va como debe ir comenzaré el que espero sea mi horario definitivo: de tres de la tarde a once de la noche… aunque también puedo optar por 16h a 00h… pero creo que me quedaré con el primero ¿vosotros qué decís? Así de paso escribís algún comentario que estáis más perezosos que yo últimamente… y eso ya es decir.
Desempolvando mi muletilla favorita: En fin…
Menos mal que al final he conseguido disfrutar de quince diítas de vacaciones que me han sentado de perlas. Al principio estaba un tanto preocupado por el trabajo, lo típico: que si dejé nosequé pendiente, que si a ver si no llama nosequién, etc… pero al quinto día palmo arriba, palmo abajo, al acostarme por la noche caí en la cuenta de que no había pensado en el curro en todo el día (lo cierto es que anduve bastante liado, ya os contaré en otro post acerca de nuestro Escorial particular) y en ese momento, en ese preciso instante comenzaron mis vacaciones. Me sentaron de perlas. Dormí mucho, fui a sitios, reposé hasta quedarme dormido, estuve de aquí para allá, cafeterías, siestas interminables, solecito, descanso y largas horas durmiendo… (¿dije ya que había dormido un montón?)
Hablando por twitter con alguien a quien sigo me decía “¡Pareces un cesto!” en alusión a la hora a la que me había levantado (a eso de las cuatro o cinco de la tarde). No conocía esa expresión pero me hizo gracia, es más, la he mejorado para adaptarla más a mi ritmo onírico cuando tengo tiempo libre: Duermo más que un cesto lleno de gatitos. Y encantao, oye.
Finalizando un poco el asunto, que ya no son horas y tengo que hacer lo de los gatitos, el otro día tuve que ir a la fábrica a apagar toda la informática que los chispas iban a romper cosas y después volver a encenderlo todo por la noche. Ok, jefe.
Llego allí, lo apago todo y me voy más ancho que largo. “Ahora me paso el día por ahí, me pego una siesta y por la noche vuelvo.” me dije al salir… qué ignorante de mi propio destino. No podía imaginarme que unas cuantas horas después tendría negrones en las rodillas, el frío metido en los huesos, los pies destrozados y la moral por los suelos… en fin. Murphy siempre tiene la razón. Por eso nunca lo llaman en los debates.
Tal era que el ignorante del destino llegó a la fábrica a eso de las nueve de la noche. “Bah, seguir el procedimiento de arranque y punto.”, me lo leo y cuando tengo claro el orden de encendido empiezo a arrancar servidores en una de las dos salas de informática que hay en la fábrica. Me voy a la otra y antes de llegar veo que están todas las luces interiores apagadas (la fábrica está parada en agosto y no hay nadie) pero que todavía entra un montón de luz por las claraboyas del techo: La fábrica parece Vietnam: cajas amontonadas por todos los lados, hierros y tubos por aquí y por allá, todas las cosas movidas de sitio… un caos. Voy sorteando obstáculos y llego a la otra sala, repito el procedimiento que había realizado antes y listo. Me vuelvo a la primera sala a ver como va todo.
En ese momento veo que las máquinas están encendidas pero un programa necesario (casi casi el más necesario) no es capaz de arrancar… “Bueeeeno, vale… vamos a ver que te pasa”, me dije. Estuve dándole vueltas un montón de tiempo hasta que decidí no ofuscarme en esa parte y me volví a la otra sala acabar esa y ya volvería sobre ese problema. Crucé nuevamente el campo de batalla, llego allí y le pasa igual. Ahí fue cuando me ofusqué. Estuve casi dos horas allí metido, en una sala que tiene tres aires acondicionados con muy mala ostia soplando a 16º y cuando salí… ya no había luz del día (era casi la una de la madrugada)… y tenía Vietnam delante mía.
Aún no sé como salí entero de allí, porque me golpeé con todo lo que había en el camino… es más ¡yo creo que alguien iba dejando cosas delante mía a propósito! …porque aquello no era normal. Lo dicho, las piernas llenas de negrones y dos momentos Peter Griffin sujetándome la rodilla en el suelo. SSSSSSSShhhhhhhhh…aaaaahhhhhh…
Finalmente y como tenía a alguien esperando en el coche aparcado en el parking (siento mucho la espera, de veras) decidí rendirme por ese día y volver al día siguiente, domingo, a intentarlo de nuevo ya que no había prisa, tenía hasta el lunes para arrancarlo todo.
Dormí bastante y a la una de la tarde estaba yo allí, ansioso por la venganza. Y tenía muchas horas de luz por delante. Nada podía salir mal… A las nueve de la noche estaba yo sentado en el suelo de la sala de informática hablando con mi jefe diciendo que nanay, que me daba por vencido… que ya iría el lunes a primera hora, y cuando llegue el responsable de informática de allí (nosotros trabajamos para él en esa fábrica) le explico el caso y vemos de arreglarlo juntos.
Me dice que vale, me voy para casa, dormimos yo y mi orgullo herido y el lunes a hora prima estaba yo allí esperando por el responsable.
Le conté toda mi aventura y tras reirnos un poco empezamos a buscar… y tras un buen rato y por inmensa casualidad lo encontramos. Encontramos la causa por la cual la fábrica estaba sin informática industrial, la causa que provocaría que la producción no pudiese arrancar y la cadena de montaje no pudiese trabajar, la causa de mi moral destrozada, que me pingase la nariz porque me pilló el frío el día anterior (no me imagino porqué…) y estuviese de más frustrado que un manco viendo porno…. la causa fue…
………un tornillo.
Un simple y puñetero tornillo. Además no un tornillote grande y gordo, de esos que usan por aquí los del metal cuando están de quiero… no, un tornillito chiquitín que se usa para asegurar que un cable no se suelte (los “cuernecitos” a los lados y hacia abajo en esta foto) de un cable insulso, escondido y enmarañado en un árbol de cables de red y eléctricos: Estaba suelto de un lado y se ve que el cable se movió ligerísimamente. El sistema lo reconocía como conectado (porque parte de él lo estaba) pero al pasar datos se jodía el invento.
Al principio no sabía si reir o llorar. Finalmente acabé riéndo por aquello de que quita la tensión al momento porque si pillo al Murphy delante lo ahorco con el cable ¡sin desenchufarlo!
En fin, hay que ver como a veces una nimiedad, casi casi un absurdo, te puede echar todo por tierra.
Hasta otra chicos.
PD:
El otro día en la fábrica estaban poniendo un calendario en una oficina nueva. Era un calendario de esos que vienen tres calendarios consecutivos para poder ver siempre el mes pasado, el actual y el siguiente… te puedes creer que los dos que estaban colocando el inocente almanque se hicieron un lío entre los dos, no tuvieron claro cuántas hojas arrancar en cada uno de ellos y cuando se dieron cuenta habían arrancado hojas demás en uno, de menos en otro… en fin, al final cortaron el calendario y dejaron “uno solo, que todos esos calendarios… al final es un lío…”
Veranito, las rebajas y las siestas interminables
Hola a todo el mundo.
Es lunes, es julio y es verano. Lo sé por el calendario, que si echas la patita fuera hace un fresquete que pela. De hecho hoy he salido de casa con chaqueta y todo. Y eso que yo soy bastante caluroso.
De todos modos esto del calor es como el IRPF. ¿Qué no? Pues ya veréis en septiembre cuando nos toque la devolución térmica y nos asemos todos preguntándonos porqué narices no habrá hecho esa temperatura en julio o agosto. Si llevamos un par de añitos así y, al ritmo que vamos, acabaremos celebrando la navidad en bermudas y bikinis. Tiempo al tiempo. De hecho en Portico y tiendas afines llevan años ensayando y cada vez ponen los artículos de navidad más cerca del verano. Este año toca a primeros de octubre, y a la que te descuides estamos cantando villancicos en las fiestas de San Roque (15 agosto, para los despistaos).
A mí este año me da un poquillo igual: Ya he disfrutado lo que tenía de vacaciones: 4 días. Sipi. Me he pegado una panzurrada de tiempo libre de las que hacen historia. Y he dormido mucho. Bueno, lo primero no, pero mereció la pena igualmente por lo segundo, que sí. Yo ya iba con intenciones de dormir algo más de lo habitual que suele ser poco, por aquello de recargar las pilas y recuperar el sueño perdido durante estos seis meses del año… pero creo que algo hizo “clic” dentro de mí y se pasó un poco.
Para que os hagáis una idea, hubo un día que me levanté a eso de las dos y media de la tarde, comí, y cuando me disponía a hacer la cama… algo me atrapó desde la misma que, oye, tuve que tumbarme y, claro… dormí hasta las ocho. Después cené. Vi la tele y un par de capítulos de algo ¡¡y seguí durmiendo!! Por momentos pensé en convertirme en discípulo de @toayita (los que tengan twitter y la sigan ya saben de qué hablo). En fin.
Pero ahora, en este preciso momento… joer cuanto extraño mi cama.
El motivo de que solo tenga cuatro diícas de vacaciones es que ahora voy a dar soporte desplazado a otra fábrica y el contrato con mi empresa es del 1 de julio al 31 de diciembre, así que en cuanto se confirmó cogí todos los días que pude antes del día 1. Vamos, que cogí 4 días. Y en esas rondaduras ando ahora mismo. El caso es que mi “jefe” está totalmente desaparecido. Y yo ya no tengo tarea. Me he leido la documentación que me ha dado treinta y cinco millones de veces (por lo menos). Odio no tener nada que hacer.
Por lo que he podido ver, esta fábrica es muy similar a la otra (forman parte del mismo grupo empresarial) pero con mucho menos glamour. Aquí es todo igual pero menos: Todo es igual de blanco, pero menos blanco. Todo es igual de nuevo, pero menos nuevo –vamos viejo–. Todo es igual de organizado, pero menos. Y lo mas curioso: la fábrica está dividida en dos partes ¡¡con una carretera por el medio y medio!! así que como vayas despistado igual acabas debajo del camión de la basura.
En fin, ahora en serio. Me encanta “aterrizar” en sitios nuevos, aprender nuevas tareas y nuevas maneras de hacer las cosas. Aprender nuevas tecnologías (aunque sean viejas) y crecer profesionalmente… pero, pero… ¡¡ahora mismo no tengo nada que hacer!!
Vamos que me aburro.
Cambiando de tercio: ayer fui de rebajas.
Sí. Yo solo iba a mirar, pero al final acabé gastándome casi cien pavos. Bueno, realmente fueron ochenta y algo, pero como cada vez que lo cuento le subo cinco euros por eso de la inflación y tal, pues en cien leuros estamos.
Lo que me llamó la atención es que aquellos lugares son discotecas en potencia. Están llenos de gente a reventar, la música es chunda-chunda del malo y está a toda pastilla y la gente anda como loca apiñada una sobre la otra… y las chicas que trabajan allí están de buen ver. Vamos como una discoteca. No hay alcohol, pero igualmente hay gente enajenada que te fulmina con la mirada si osas poner tu zarpa encima de la prenda que desean.
En serio. Hubo un momento en que me agobié de veras. No me gustan nada los apelotonamientos de gente a mi alrededor. Necesito mi espacio vital, poder respirar y alguna vez hasta poder caminar. Por eso mi cerebro para esos temas se adaptó y es de ideas fijas: Localizar un Zara, entrar, ver, comprar, salir pitando. Pero cuando vas acompañao y tienes que entrar en las de tías, ya es otro rollo. En fin. El sufrimiento mereció la pena. Tengo ropa para todo el veranito, septiembre incluido.
Y vosotros qué tal ¿de vacaciones ya? ¿y de rebajas?
PD: Ya sé que el post es cortito, pero me estaba agobiando el hecho de no haber publicado nada ultimamente, así que ale. Conformaos hasta que escriba otro
)))
El valor, cochambrosidades y cómo organizar un picnic
Reza un famoso dicho que “una imagen vale más que mil palabras”, el caso es que para los últimos y recientes acontecimientos creo que no tengo ninguna imagen que los describa adecuadamente, así que buscaré mil palabras.
Comenzamos la narración con una pequeña historia…
Era un hombre valiente. De los de antes. De los que tenía miedo de las cosas, pero aún así seguía adelante. Estaba sentado en la orilla de la cama con los brazos apoyados sobre las cansadas rodillas y la mirada perdida en la lejanía mientras un cigarrillo se consumía entre sus dedos. Absorto en sus pensamientos, repasando mentalmente cómo debería afrontar los sucesos que pronto acaecerían. Pronto. Muy pronto.
Recordaba como había ido superando todos los obstáculos que se le habían plantado frente en las últimas fechas, desde criaturas enfurecidas al otro lado de las líneas enemigas hasta resolver complejos problemas de logística y abastecimiento. Su rostro dibujó un gesto contrariado, observó el reloj y lamentó no disponer de algo más de tiempo.
Instantes después mientras el aplastado cigarrillo iba muriendo lentamente en el cenicero el hombre se puso manos a la obra intentando seguir todos los pasos que había repasado una y otra vez. Recogió del suelo la cesta en la que transportaría los objetos de su misión y los empezó a introducir uno a uno en ella. Lo hizo en silencio, con la mirada de aquel que tiene miedo, pero que afronta los hechos con toda la entereza que puede aunar en su interior.
– Esta vez tiene que salir bien — se repetía mientras continuaba introduciendo elementos en la cesta. Se había enfrentado a una situación semejante en el pasado. Dos veces. Y en ambas ocasiones salió derrotado, huyendo herido del campo de batalla.
Sonrió melancólicamente al recordar la primera vez. Su enemigo se había revuelto tanto que había logrado romper parte de la instalación del edifición y derramar un torrente de agua sobre él. Cuando se quiso dar cuenta torrentes de agua lo arrastraban todo convirtiendo el suelo en un fangoso lago en la que afloraba su frustación por la derrota como las espinosas zarzas en un monte, mientras, al fondo, su rival le mantenía una mirada desafiante con la triunfal sonrisa del que casi es alcanzado.
Paso mucho tiempo hasta que lo intentó de nuevo.
Había planeado su venganza con paciencia: no dejaría nada al azar. Atrancó a su objetivo de manera que no pudiese moverse del lugar por mucho que se revolviese, se aseguró que no podría afectar a la infrasetructura del edificio repitiendo el plan de huida anterior. Realizó las operaciones con presteza y velocidad evitando todo tiempo de reacción por parte de su némesis particular. Y lo consiguió. Por un instante doblegó a la bestia y consiguió que ésta hiciese lo que él deseaba. Pero cuando bajó la guardia, la bestia prefirió morir a ser doblegada. Nunca supo qué fue o cómo lo hizo, pero cuando se quiso dar cuenta la maquinaria que lo rodeaba empezó a emitir queijos metálicos que pronto comenzaron a sonar como un fuerte granizo impactando sobre el acero. Instantes después un fuerte golpe y el cruel sonido del metal arrastrandose violentamente sobre el acero fueron la señal inequivoca de que la bestia había muerto.
Segundos después tan solo silencio.
Esta vez lo lograría o moriría en el intento. Cargó la cesta en los brazos y se dirigió al lugar en donde se desenvolvería la batalla. Avanzó con pasos firmes y decididos intentando engullir el miedo que sentía en su interior. Instantes después abrió la blanca y anodina puerta que confinaba a su rival. Ahí estaba. Blanco, acerado, frío y deseando desbaratar una vez más su intentona como su hermano había logrado en el pasado.
Él se acercó, con velocidad abrió sus compartimentos, introdujo el material que había traido y derramó sobre él un complejo compuesto químico que le ayudaría en su misión. Bloqueó nuevamente el movimiento de la bestia y se aseguró que el proceso no fuese demasiado apresurado para evitar perder el control sobre ella y perder esta presa también.
Introdujo con manos temblorosas el código de activación. El cuatro. Siemrpe se preguntó porqué nunca empezaban en uno aquellas cosas. Cerró las tapas con velocidad y en cuanto se vio libre se alejó de un salto hacia atrás, tan fuerte y desesperado que se golpeó con una silla que se encontraba tras él.
Encendió otro cigarrillo con la mirada fija en aquella máquina que le había causado tantas frustraciones en el pasado y que, esta vez sí, había logrado domar.
Un par de horas más tarde, visiblemente cansado, pero con una sonrisa triunfal en los labios, el valiente protagonista de esta historia consiguió tender la colada que, esta vez sí, había logrado poner con éxito.
Pues sí, cómo sabeis la mayoría de vosotros, lectores míos, este pasado mes de abril me he independizado al fin. Ahora soy un chico de provincias en la gran ciudad, compartiendo piso en el mismísimo corazón de la urbe. Para cualquier ser humano (donde ser humano es cualquier miembro del conjunto “humanidad” sustrayéndole el subconjunto “yo”) no supone demasiado. Para mí es todo un reto: organizarme, hacer la comida, ordenar las cosas, cumplir con las tareas asignadas del piso, limpiar, hacer la compra, ver donde se van los leuros, …vamos un merequetengue. Pero había conseguido solucionar todas y cada una de las tareas necesarias para mi supervivencia, pero evité la lavadora hasta que, claro, llegó el día en que no tenía calcetines… ni camisas… ni pantalones…, y no me quedó otra. Había tenido dos sustos que, creedme, son fieles a la historia que os acabo de narrar a excepción de las licencias literarias que me he tomado.
La primera lavadora que puse fue en mis tiempos de facultad. Puse la lavadora y me fui a clases con la esperanza de que, al volver, la lavadora estaría lista para ser vaciada. Iluso de mí. Se ve que la lavadora tenía una pata coja y al centrifugar le entraron ganas de darse una vueltecita por la cocina. Cuando llegué a casa, la lavadora había salido más de un metro de su lugar original y claro, el tubo flexible del desague iba empatado –que no sellado–, se desmangó y desaguó en el suelo de la cocina.
La segunda vez, algún tiempo después, puse otra. Calcé la pata para que no volviera a caminar y la puse a funcionar. A mitad de centrifugado se partió el eje del tambor que empezó a rodar sin control dentro de la caja. Imaginaos el ruido, pensé que se venía el piso abajo. Hala, segundo intento fallido.
Pero esta vez funcionó. Minipunto para mí.
En fin, en otro orden de cosas y siguiendo por el palo de mi reciente independencia, pronto dejaré la habitación “cochambrosa”, apodo aportado por miki ante la falta de comprensión ante el “arte” que el anterior inquilino dejó en la pared, para pasarme a la de al lado. Es que R se va del piso, que está quemado con el casero –que pasa un huevo de todo– y mil detalles más. Lo cierto es que le voy a extrañar, es un buen tío y su perro –llamado Philip J. Fry– me cae de maravilla. En fin, por lo menos heredo una gran habitación.
Y por último, el tutorial paso-a-paso de “cómo organizar un picnic” en 3 horas:
1) Recibir llamada de la creadora de la idea. Comentar las cosas, cómo hacer, a quien llamo primero, reparto de comidas, etc.
2) Llamar al Breo. Hablar con él. Que qué se va a hacer, donde y como. ¿Pero va a llover? Pues en mi casa entonces. Ah vale.
3) Llamar a Rosy otra vez. Recibir llamada de Breo mientras tanto. Poner a Rosy en espera
4) Breo: que ellos no van, que van a la fiesta del pueblo que hay papeo y marchita después. Que sería guay ir todos, pero a ver qué opina el Miki.
5) Cuelgo a Breo, recupero la llamada de Rosita. Explicarle lo de Breo.
6) Llamar a Miki. No coge.
7) Llamar a Miki. Explicarle el plan original, explicarle lo de Breo. Que no se moja, que nos aclaremos y le digamos.
Llamar a Rosy. Decirle que a Miki le va bien cualquier cosa siempre que estemos juntos. Que vuelva a llamar a Breo y a ver que dice.
9) Llamar a Breo. Decirle que la idea era no gastar pasta, que es fin de mes, y que no nos molaba estar en la fiesta con todo petado de gente. Que a Rosita y a mí nos hacía mucha mucha mucha ilu. Que hablará con Lore porque habían medio quedado también con otra gente. Cuelgo y espero.
10) Me llama Rosy, que si he hablado con Breo, le digo que sí y que estoy esperando a ver si me llama. Me llama Breo. Pongo, otra vez, a Rosy en espera.
11) Breo me dice que habían medio quedado con los otros, pero que daba igual que sí. Pero que daban mal tiempo para el sábado. Pues comemos todos juntos en mi casa. Ah ok. Cuelgo. Recupero la llamada de Rosy
12) Rosy, que sí, que se vienen. Que no hay fallo. Luego llamo a Miki. Cuelgo
13) Me llama Breo de nuevo. Que si dan plantón de nuevo a sus colegas, los matan. Así que si porfis porfis porfis podía mejor en lugar de ser un picnic a medio día, podía ser un picnic por la noche, y en lugar de picnic en mi casa.
14) Llamar a Rosy. Que no hay fallo.
15) Llamar a Breo. Que guay, que sí. Que traigan tortillas.
16) Me llama Miki. Que tiene otra idea. Que no Miki, que no. Resumirle los 15 puntos anteriores. Que guay, que quedamos en el piso y si pueden venir dos amigos más.
17) Llamar a Rosy para decirle como está el panorama.
18) Me llama Breo que si puede apuntarse también otro colega que no tiene plan y se quedó solo. Sin problema.
19) Me siento en la terraza. Enciendo un cigarrillo. Llamo a Rosy, 3h después del punto 1, y le cuento qué a ver si todo el mundo se hace una cuenta de Twitter y así se debate en comandita todo y yo me dedico a otra cosa que no sea la organización de eventos.
¿Pero sabéis? Mereció –y mucho– la pena. Lo pasamos en grande y conseguí reunir bajo el mismo techo a todos mis Amigos –con mayúsculas–
