London, Ryanair y los mendigos
El fin de semana pasado he estado en Londres. Tenía a Rosy allí haciendo un cursillo inglés de tres semanas y puesto que tres semanas es mucho tiempo lejos de ella para mí, pues decidimos que lo mejor era que el último fin de semana fuese para allá, estuviésemos el fin de semana juntos y así yo conocía Londres.
En principio iba a coger un vuelo de Ryanair el sábado a las 21.05 y volvíamos el lunes a las 06.35… en principio.
Pero, tal como diría Jack el destripador: vayamos por partes
El sábado, después de comer, a eso de las 17h cojo el coche, la mochila con la muda para el fin de semana y un libro para leer en el aeropuerto Sá Carneiro, en Oporto, y enfilo carretera. Tras un viaje de horita y media, más bien aburrido, llego al aeropuerto, meto el coche en un parking, buscando una plaza en donde el coche no quede “desvalido” y solitario durante todo el fin de semana. Saco todas las cosas que tenía desperdigadas dentro, le quito la antena y todo para el maletero. Tras una breve mirada cargada de un sentimiento de “Volveré a por ti” al coche (¿qué pasa?, le tengo mucho cariño) me meto en el ascensor y subo a aeropuerto.
En estas alturas de la historia hay que tener en cuenta un par de cosas. Nunca he volado. Nunca he estado en “el otro lado” de un aeropuerto (me refiero a la zona de embarque, donde no te dejan pasar sin tarjeta de embarque) ni he hecho nunca los trámites para poder volar. Lo comento porque, como ya he dicho, el vuelo me salía a las nueve de la noche, y yo ya estaba en las instalaciones aeroportuarias a las cinco y media (hora de Portugal ¿eh?, que no me puse en Oporto en 30min) escasas de la tarde…
Veo el reloj, y tras hacer cola y aguantar una conversación totalmente pueril y cargada de aspavientos de dos pilotos que estaban delante mía, me pido un café para llevar. Salgo del aeropuerto con mi flamante “meia de leite” y con dos euros menos y me siento en un banco a continuar la lectura de “Un mundo sin fin” de Ken Follet, con cierto nerviosismo ya, ante la proximidad del vuelo.
Va pasando el tiempo y tras un par de capítulos y otros tantos cigarrillos. Decido que, “vaya a ser el diablo”, mejor me voy a la zona de embarque, no sea que pase cualquier cosa con el vuelo y no me entere.
Entro y busco en el panel gigante mi vuelo: Ryanair, numero tal y cual, destino Londres. “Oh, Dios mío, no aparece… …que no panda el cúnico, digo, que no cunda el pánico”. Respiro, recupero la cordura y observo con vergüenza y alegría a partes iguales que en el título del panel pone “Arrivals / Chegadas”… en fin.
Subo un par de plantas, y veo el panel de “Departures” y veo que el avión que me va a “departurar” está en hora, y embarco por la puerta 18. En esos momentos ignoraba que me acabaría aprendiendo hasta el detalle más nimio de la citada puerta.
Saco mi tarjeta de embarque (que qué tarjeta ni que ocho cuartos… era un folio de papel reciclado con los datos del vuelo y un par de códigos de barras) y le pido al guardia de seguridad pasar a la zona de embarque. Amablemente me pregunta que si estoy seguro, que falta mucho tiempo para el vuelo y que una vez entre no podré salir. Le digo que sí, que estoy seguro, que esperaré dentro mientas me pregunto qué harán con la gente que por, cualquier motivo, el vuelo se cancela. Si no pueden salir, se quedarán a vivir dentro… vamos digo yo. Igual las tiendas del “duty free” están regentadas por personas que perdieron sus vuelos y prefirieron montar un negocio a perecer de hambre… vayaustéasaber.
Entro en la zona de seguridad. Allí no hay nadie haciendo colas. Sólo el personal del aeropuerto, que de un modo amable y cordial me registraron hasta las muelas… Creedme. Yo supongo que se aburrían un rato y, puesto que les llegó en forma de mi persona algo de trabajo, se propusieron hacerlo a la perfección. Mochila a los rayos equis, sacando previamente el mac para que no me lo frieran. Chaqueta fuera, bolsillos vacíos, cinturón, monedas, mechero, cadena, anillos de la mano derecha, anillo de la mano izquierda, reloj, esclava… y aún así pité. El de seguridad me metió más mano que mi novia en una noche tórrida. En fin.
Recupero mis pertenencias y tras curiosear un poco en los “duty free” me dirijo a la puerta 18.
Las instalaciones del aeropuerto Sá Carneiro de Oporto son colosales… bueno no he estado en Barajas o Heathrow para poder comparar, pero aún así me parecieron muy dignas. Cafes, asientos por doquier, pantallas informativas, personal de ayuda o información por todos lados… excepto en una esquinita del aeropuerto. Se ve que las pelas no les llegaban y decidieron montar esa parte en plan cutre, la ocultamos un poco y ya’stá. Ahí estaba la puerta 18.
Sillas escasas. Si habéis hecho la mili o semejante sabréis como es una garita. Pues la cafetería estaba embutida en una de estas, una sola pantalla de los vuelos y una tiendecita que consistía en cuatro estanterías literalmente “sueltas” en la zona de embarque. Aquí comenzó a decaer el “glamour” que le suponía, seguramente influenciado por la imagen que se da en las películas, a todo esto de volar.
Me siento en una de las mesas de la garita-cafetería (¡porque tenía mesas!) y pido un café. Tras ello, cojo el pasaporte y la tarjeta de embarque de la mochila y me voy directamente a la puerta. No hay nadie todavía, genial, así me ahorro las colas.
Y comienzo a esperar.
Si tuviera que ponerle música a esos momentos, elegiría “Y nos dieron las diez” de Joaquín Sabina. Porqué vi pasar las siete, las ocho, las nueve, las diez, las once, las doce y casi casi la una. A las ocho aquello era un hervidero de gente esperando pasaportes en mano y mochilas por doquier. A las once, parecíamos un campamento hippie. Gente tirada por los suelos, durmiendo algunos, leyendo otros. Y yo, que no me enteraba de qué pasaba, impertérrito enfrente a la puerta 18, vaya a ser que me fuera a dar un paseo y justo en ese momento abrieran la puerta.
Cada vez que salía de la zona del campamento en donde estaba yo para ver el monitor, el vuelo tenía una hora diferente: de 21.05 a 22.00, de 22.00 a 22.20, de 22.20 a 23.30… hasta que de repente. Sin que nadie dijera nada, sin que hubiese ningún aviso por megafonía, ni llegase nadie especial, la gente, al igual que Lázaro, se levantó y anduvo. En cuestión de segundos el campamento desaliñado de hippies que habíamos conformado, estaba formado el hilera, con todo el mundo firme cual destacamento militar. “¿Pero porqué? ¿Qué es lo que pasa?” debía reflejar mi cara cuando un señor, muy británico todo él me dice “A panic attack”.
Tenía razón. Pero la gente tenía una corazonada y no estaba dispuesta a renunciar a su puesto en la fila. Así que seguimos allí de pie hasta las doce y cuarto. Hora en que empezaron a pedir los pasaportes.
“Al fin voy a embarcar”, me dije. Craso error. Tras la puerta 18 hay otra puerta 18 (esta ya da a la pista) y junto a esta, otra cola.
Al final subí al avión a eso de la una menos cuarto de la mañana. Y cuando me acerqué al avión el glamour del que hablaba antes ya se fue al garete. El avión que me iba a llevar a Londres era un Boeing 737, con el aspecto de Cher. Es decir, arreglada y maquillada por todos lados… pero se sabe y se ve vieja. Tenía un par de parches en el timón de cola y junto a la puerta. Pero no dejé que aquello me asustara… ¡al fin estaba embarcando!
Cuando me senté en el avión, un recuerdo de infancia volvió a mi memoria: El autobús del instituto. Aquello era igualito, salvo por que no había porretas en el avión… bueno, alguno igual había, pero allí no había nadie fumando. El aspecto era idéntico al de un autobús, salvo porque los asientos estaban de tres en tres y en el respaldo del asiento que te precedía había una serie de indicaciones muy descriptivas de que hacer en situaciones de riesgo.
Al poco de subir, experimenté una de las sensaciones más brutales y emocionantes de mi vida. La aceleración del avión. La sensación de potencia del “bicho”. Y por supuesto, el momento en que notas que el avión ya no está en contacto con la Madre Tierra. No sentí náuseas, ni vértigo. Si tal los oídos taponados y una especie de mareo extraño en la cabeza que se fue en un par de segundos. Pero lo mejor estaba por llegar.
Al poco de estar volando y después de ver cómo las azafatas y el azafato ponían en práctica su coreografía de por “si te vas a morir, aquí tienes puertas y allí tienes otra y por allá mejor que no pases”, una azafata empezó a pasear con un carrito ofreciendo cosas para comprar… a mi me recordaba a este típico personaje de las plazas de toros con una tabla llena de comestibles apoyada en la barriga y una cinta al cuello que grita “Patatiiiiiilas, Piiiiiiiipas, Bocatas de choriiiiiiiiiizo”. Pues se paseó un huevo de veces: Vendía comida, bebida, chupitos en bolsitas (acojonante), perfumes, tabaco, regalos, sorteos (un rasca y gana), entradas a eventos… en fin. Lo poco poquísimo de glamour que quedaba se fue directamente a tomar por culo.
Y llegué a Stansted. Por fin estaba en Londres.
Puesto que la historia está quedando muy larga (y lo que me falta por contar aún) y estos momentos, ejem, no son de dominio público, me saltaré la parte del reencuentro con Rosy y todo eso. Solo reseñar que el taxi nos salió en 95 Libras.
…
Domingo “in the morning”. Un solo día para ver lo que pudiese de Londres. La agenda: Museo Británico por la mañana (no podía irme de allí sin visitarlo) y por la tarde London Eye, Big Ben y toda esa zona.
El Museo Británico está mucho más que genial. Se lo recomiendo a todo el mundo. Nosotros sólo vimos una pequeña parte. Egipto, arte griego en la época del Imperio Romano, México, monedas antiguas y relojes. Podría pasarme muchísimas horas hablando de lo que allí vi. Pero no lo haré. Id a verlo y ya me contaréis.
Tras la visita al museo, salimos a comprar regalos y recuerdos en una tiendecita enfrente al museo y tras dejarnos más libras y comer un hot dog enfilamos nuevamente al metro y fuimos al centro de Londres.
El metro de Londres poco tiene que ver con el metro de Madrid (cito este porque es el que conozco) Es más, no sé, cutre. Las instalaciones se ven más viejas pero están limpias y los trenes van a una velocidad endemoniada. Lo que más se puede destacar es que a cada poco ves una señal, o un texto, te dicen por megafonía: “Main the gap”, que viene siendo como “Cuidado con el hueco”. Se refiere al hueco entre el metro y la pasarela. ¡Pero es que son unos pesados! Llega a tal punto la pesadez que hay souvenires de Londres en los que pone “Main the gap”, así que imaginaros… ¡Ah, sí! también hay un oriental (u orientala, que no se me enfaden los del gobierno) como mínimo en cada vagón.
Una vez en el centro de Londres vimos el Big Ben y la casa del Parlamento. Sé que sale en 94.000.000 de fotos (según google images
) pero una cosa es verlo en fotos y otra verlo allí mismo. Es simplemente, majestuoso. Tras recoger las babas, nos fuimos al London Eye. Igual os pasa como a mí y sabéis lo que es, sin saberlo. En Londres es famosa una gran y permanente noria. Ese es el London Eye.
Esta noria esta compuesta por una serie de “huevos” de acristalados en el que sube, cuarta arriba cuarta abajo, una docena de personas y desde las que hay unas vistas sencillamente geniales de Londres. Una anécdota es que allí se puso, una vez más, el magnetismo que tiene Rosy con los hindúes (los indios de la India), pero esto que os lo cuente ella… si quiere… jejeje.
Tras un par de visitas a varios sitios más y comprobar que en Londres no hay papeleras, a tenor de que estuvimos media tarde con un vaso de papel en la mano (lo típico, “en cuanto vea una papelera lo tiro”… el caso es que no encontramos ninguna), nos fuimos a la casa en la que Rosy estuvo estas tres semanas. Recogimos todo rápidamente, ya organizaríamos las maletas y los pesos de las mismas en el aeropuerto, y nos fuimos al centro de nuevo para cenar y tomar un bus que nos dejaría en el aeropuerto de Stansted donde cogeríamos un vuelo a las seis y media de la mañana.
Cenamos en un restaurante de un centro comercial y nos subimos al bus. Aquí la puntualidad inglesa brilló por su ausencia, pero finalmente tras la espera y una pesadísima hora y media de viaje, llegamos al aeropuerto.
Era el momento de cruzar los dedos y que nuestro equipaje pesase adecuadamente.
No sé si esto está en todos los aeropuertos, pero en el de Stansted había una serie de básculas en las cuales, previo pago de 50 peniques, te indican el peso de tu equipaje… ¡50 peniques, qué ultraje! Así que “cheos de razón” nos fuimos a donde se hace el check in (donde coges la tarjeta de embarque y dejas tu equipaje a facturar) que allí tienen básculas (obviamente). Tras un par de intentos fallidos, encontramos una báscula que todavía estaba encendida. Cinco segundos más tarde parecía que teníamos un top-manta en el aeropuerto: Todas nuestras pertenencias estaban desperdigadas por el suelo.
Casi una hora más tarde de meter y sacar cosas de las maletas, doblando, buscando huecos imposibles, pensando que ojalá se pudiese hacer un .rar con las maletas, conseguimos nuestro objetivo: La maleta de Rosy pesaba 15.1 de 15kg que debía pesar y nuestro equipaje de mano pesaba los 10 kg justitos. Y menos mal, yo ya me veía haciendo como las compañeras de piso que tuvo Rosy, que para aligerar la maleta una se puso tres pantalones vaqueros, seis camisetas, un vestido, un jersey y chaqueta. ¡Visto por mis propios ojos! En fin… espero que no la tuvieran que cachear, porque si se tiene que quitar y poner de nuevo todo eso… a estas alturas aún está en Londres.
Volviendo a la historia principal que nos ocupa, una vez teníamos las maletas, y visto que el aeropuerto estaba plagado de gente tirada por todas las esquinas, durmiendo unos encima de los otros, abrazando cual boas sus respectivos (supongo) equipajes decidimos que teníamos que buscar nuestro propio “sitio de mendigar”. A los pocos minutos encontramos uno al lado de los cajeros automáticos… ya que ibamos a mendigar, hacerlo en un sitio en el que no te puedan poner la excusa de “es que no llevo dinero”, “Pues ahí tiene usted un cajero”. Vamos hombre.
De hecho, se le estaba diciendo a Rosy exactamente esto, señalando el cajero y un señor que pasaba por allí tarjeta en mano, me miró y pasó de largo haciéndose el sueco. Qué risas nos echamos.
En estas estábamos cuando he podido comprobar con mis propios ojos que hay gente que se despierta más dormida que yo. Mucho más: Salí a fumar un pitillo, sería las tres de la madrugada, cuando veo que una japonesita ataviada con un forro polar, con capucha cerrada al máximo (si el forro fuera naranja, juraría que era Kenny) se despierta sobresaltada por el móvil. Sale fuera, al lugar donde yo y otro señor estábamos fumando. Coge el teléfono, y dice “Moshi moshi” o como se pronuncie/escriba, que supongo que será algo como nuestro manido “Diga”. A los segundos, la chica frunce el ceño y empieza a repetir la misma frase una y otra vez, cada vez más enojada. Hasta que de repente, se calma y dice algo, se saca la capucha, se vuelve a poner el telefono en la oreja y ¡Maravillas del universo! ¡Puedo oír!
Tras contarle la anécdota a Rosy, decidimos que era buen momento para cruzar al otro lado… tanto para enterarnos mejor del avión, para ir viendo con calma dónde poner un negocio si se cancela el vuelo. Allí confirmamos la gran labor social de los aeropuertos: da igual si eres pobre o rico, empresario o currante en paro: Allí todos somos mendigos. Estaba aquello atestado de gente tirada por el suelo, ocupando sofás, unos encima de los otros… En serio. Dantesco. Supongo que el estar rodeados de tanta gente durmiendo nos contagió y echamos una cabecadita. Rosy en una postura totalmente imposible ocupando tres asientos contiguos con apoyabrazos entre plazas y yo sentado en el suelo y con el torso apoyado en los brazos sobre un asiento.
Al término de una hora, más o menos, algo me sacude al sonido de “Ya tenemos puerta”… ¿qué querrá decir eso? me pregunté, para cuando desperté lo suficiente para dilucidarlo, me encontraba corriendo a toda prisa por pasillos y más pasillos del aeropuerto de Stansted. Aquello parecía la maratón de New York.
Sin mucha pena ni gloria, embarcamos. Era otro 737 de Ryanair parcheado. Nos subimos y tras el “subidón” del despegue mi cuerpo decidió continuar lo que había empezado antes de la maratón. Me sumí un más que plácido sueño, solo interrumpido por un pequeño abrir y cerrar de ojos en los que pude observar el cielo azul y brillante de un amanecer por encima de las nubes. Algo hermosísimo que conservar en la memoria.
Mi visita a Londres había finalizado.
¡Pero no acaba aquí la aventura queridos amigos! Ya que aterrizamos en Oporto decidimos que era buena idea, tras desayunar, ir al Ikea. Dimos vueltas y más vueltas. Preguntamos, y como no, seguimos dando vueltas. Desde las once o doce que saldríamos de la cafetería en la que desayunamos, estuvimos recorriendo Oporto, Matosinhos, Maia y la madre que los parió a todos.
Al final, tomé dirección España y di la vuelta porque recordaba que cuando había ido al aeropuerto me había encontrado con una señal que indicaba por donde ir al Ikea. A las 13.30 finalmente aparcamos en el centro comercial.
Tras fulminar con la mirada a Rosy, que acababa de descubrir que en su carpeta tenía un mapa que indicaba cómo llegar al Ikea, decidimos que, ya que en Portugal se come temprano, deberíamos comer algo y después ya veríamos el Ikea “que para eso tenemos toda la tarde”. Comimos y cuando estabamos acabando, a eso de las dos y media, una avalancha de portugueses invadió la zona de los locales de comidas… “¿Qué habrá pasado?” nos preguntamos. La respuesta la encontramos minutos después. Era festivo e Ikea cerraba a las 13.00h
¡Mecaguen!
Sé que me ha quedado muy extenso, por no decir extensísimo 3.199 palabras me pone el trasto este, pero espero que os haya gustado.
Ale, a comentar.
PD: Recordad: “Main the gap”
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Joer, y eso que solo fue un día eh? Llegan a ser dos o tres y tienes que escribir un libro para que te quepa todo…Ja, ja. El viaje por lo que cuentas fue corto pero intenso.
Fue una auténtica putada eso de que el vuelo se retrasase casi 4 horas, ya que las pudiste haber aprovechado.
Sobre el avión, para mi la primera vez que me monté en uno también me emocionó mucho el despegue del mismo, salvo que a mi casi me dá un ataque de pánico…
Te cobraron casi 103 € por el taxi!!!! Joe, que salvajada, casi pagaste mas por ese taxi que por el propio viaje de ida y vuelta a Inglaterra.
No comentas nada de que tal con el idioma por allí, que tal te manejabas? Entendías bien ese acento cerrado británico?
A mi me encanta viajar, algun dia cuando tenga tiempo y pasta haré muchos viajes para conocer mundo, pero de momento toca esperar.
Muy chulo el post, largo pero chulo.
Nos vemos.
miki
10 octubre 2009
Pues lo cierto es que con el idioma, bastante bien la verdad… y era a lo que más miedito le tenía.
También he de citar que casi siempre hablaba Rosy, como es natural, pero yo me hice mis “pinitos” y ¡me entendían! (otra cosa es que yo les entendiera bien del todo…)
Comparto contigo la idea de poder, algún futuro día, poder viajar y conocer mundo… de momento me conformo con hacer alguna escapada puntual… sin ir más lejos este año hemos ido Rosy y yo a Londres, a Valencia-Barcelona y a Aveiro… no está mal para un año solo.
Este año, si se puede y Dios ayuda, a ver si podemos ir a París, que es un destino que siempre he querido conocer.
Saludos
[Z]eta
14 octubre 2009
Bueno… con semjante post no te has dejado a penas nada en el tintero.
…Creo que hubiese estado bien poner la palabras de la japo al telefono… ¡eso fue mortal!
Cabe mencionar lo mucho que nos reímos en el aeropuerto con el asunto de los “mendigos”. ¡Qué cuadro!, y mejor aún el día anterior viendo como una de mis compañeras se ponía tres pantalones vaqueros PITILLO uno encima del otro ( y ver que le entraban) y como se ponía (te corrijo Corazón) alrededor de 5 o 6 camisas, unos 6 o 7 vestidos, dos fulares, una sudadera y la chaqueta. Vamos que intención tenía de ponerse dos pares de tenis, pero eso sí ya era misión imposible.
Y lo del taxi, mencionar que cuando llegamos a casa y nos vajamos, el taxista aún espero un ratito y es que me parece que teníamos que haber dejado propina (que se estila en muchos ámbitos en Londres), pero sinceramente, ya les llegó con lo que nos cobraron! asi que “Rien de rien” para el taxista jajajajaja
Me gusta mucho el post Cielo, estan muy bien explicadas nuestras aventuras jajaja
1 besito
Saludos a tod@s
Rosy
14 octubre 2009